Experiencia en Etiopía. Por Montse Lapastora

Escribo esta experiencia a petición de Mercedes Moya. Cuando nos vimos personalmente, le conté mi reciente viaje a Etiopía (diciembre de 2019-enero de 2020) y quedó impresionada por algunos comentarios que le hice, en función de los cuales escribo esto.

Quiero aclarar que lo que voy contar con respecto a lo que sentí allí, solo tiene que ver con esa experiencia concreta en ese lugar concreto y no lo hago extensivo a otros países o lugares en donde también hay niños viviendo en orfanatos.

En el año 2015 estuve por primera vez de voluntaria, en la Casa de Transición que la ONG Cielo 133, tenía en Addís Abeba. Trabajé con EMDR con algunos de los niños que allí había, especialmente con los más mayores porque podíamos entendernos en español. Cuando llegué allí vi a los niños jugando, saltando y corriendo por el patio que rodeaba la casa, eran niños y niñas sonrientes, que, aunque buscaban nuestro contacto y cariño, entre ellos tenían buena relación, y estaban integrados y adaptados al entorno en el que vivían. Todos habían experimentado circunstancias adversas, tenían heridos sus corazones, pero entre ellos formaban una familia.

Con EMDR trabajé de forma individual esas circunstancias adversas y el resultado fue muy positivo.

Regresé a Madrid con el deseo de volver allí en cuanto pudiera. Y estas navidades pasadas, con un equipo de 5 personas de Psicoveritas, volví a Etiopía. En esta ocasión fuimos a Debrelibanos, donde hay una misión en la que recogen a muchas personas que no tienen dónde ir: ancianos, enfermos mentales, mujeres y niños. Cielo 133 subvenciona y se encarga de los chavales y en este momento está ayudando a construir un pabellón para madres solteras y/o jóvenes con bebés.

Mi objetivo era trabajar con los niños y adolescentes con EMDR grupal. Todos eran huérfanos y queríamos ayudarles a procesar algunas de las situaciones traumáticas que habían vivido.

Al llegar allí vimos un montón de niños y jóvenes entre 3 y 22 años, que se manifiestan felices, juegan, se cuidan y ayudan entre ellos, se les ve tranquilos, risueños, con sentimiento de pertenencia a su grupo, entre ellos se llaman hermanos y se apoyan los unos en los otros. Ellos refieren que son sus hermanos y su familia.

Cuando conseguimos sentarlos a todos para realizar el protocolo grupal de EMDR, la mayoría de ellos siguieron nuestras instrucciones, pero para los que tenían entre 9 y 12 años les resultaba muy difícil hacerlo. En esa situación, en la que todos estaban sentados y con el folio delante pensé: “tengo que aprovechar este momento para investigar algún aspecto psicológico, para ver cómo se sienten”, y pensé en valorar su autoestima y su concepto de familia, a través de dibujos.

El folio estaba dividido en cuatro cuadrantes y les pedí que:

  1. Se dibujaran a sí mismos y que al lado pusieran 5 adjetivos que les definieran.
  2. Dibujaran a una persona importante para ellos y 5 adjetivos que la definieran.
  3. Dibujaran una familia, por la parte de atrás del folio.

Al revisar los dibujos, la palabra o frase que más se repetía era “happy”, “I am happy”. Me sorprendió y le pregunté a uno de los mayores si él pensaba que eso que habían escrito era verdad, o simplemente se lo habían copiado unos de otros. Se extrañó de mi pregunta y me dijo que porqué preguntaba eso. Cuando le respondí que yo trabajaba con muchos niños procedentes de orfanatos y que no les veía tan felices, me contestó que ellos sí lo eran, que allí les trataban bien y que eran una familia.

Antes de llegar al orfanato estuvimos viajando por el norte del país, precioso, maravilloso y espectacular allá donde miraras. A cualquier sitio que íbamos venían niños a nuestro encuentro, nos hablaban, nos preguntaban cosas, nos acompañaban un rato en el camino, nos vendían objetos sencillos hechos por ellos y sus familias, etc. Veíamos también niños de 4 o 5 años conduciendo el ganado de un lado a otro, ir a por agua, transportar haces de leña, etc.

Cuando terminaban sus tareas seguían en la calle jugando con sus amigos y vecinos. Siempre al aire libre, sin ningún temor al entorno.

La mayoría de ellos iban descalzos o con calzado muy rudimentario y desgastado, chanclas rotas, zapatillas más grandes que sus pies o una especie de manoletinas muy básicas. A todos nos llamaba la atención sus sonrisas y su amabilidad.

Viéndoles así pensé que si por una fatalidad, uno de esos niños pasara a ser adoptable y le trajeran a un país de Europa, sería terrible para ellos todo ese cambio al que tendrían que someterse: ponerse zapatos todos los días, vivir en un sitio cerrado de 80 metros la mayor parte del tiempo, permanecer en un aula de 30 metros cuadrados, entre 5 y 7 horas diarias, ir por la calle y no poder tocar todo aquello que les llama su atención, aprender un nuevo idioma y todas las reglas que la sociedad impone, vivir con personas muy diferentes a ellos, etc.

Aunque hubieran sido niños sin negligencia o traumas añadidos a la pérdida de sus padres o familia que les atienda, creo que su cerebro no está preparado para una tarea de tal magnitud. Todas estas situaciones les desbordarían emocional, cognitiva y comportamentalmente. ¿Cómo iban a poder mantenerse sentados en clase?, ¿cómo podrían atender? ¿Acaso les importa cuál es la primera letra del abecedario cuando se les ha separado de todo su entorno?, de las personas que les cuidaban, de los olores, de los sabores, de sus costumbres, de sus paisajes, de sus ropas, de sus amigos, sea el entorno el que sea era el suyo y lo han perdido todo.

Como anécdota contaré que estando paseando por uno de los mercados, un niño de unos 4 años al vernos se puso a llorar asustado y se escondió detrás de su madre. Supongo que sintió miedo al ver unos “monstruos” de piel blanca, pelo amarillo, rojo o marrón y liso, con ojos verdes o azules. Si este niño se queda huérfano y pasa a ser adoptable por una familia blanca, tardaría mucho tiempo en tener un mínimo de confianza.

No quiero dar una imagen bucólica de la vida de estos niños, su día a día es duro, tienen que trabajar desde muy pequeños, comen injera en desayuno, comida y cena, la mayoría no tendrá posibilidades de estudiar, pero aunque no puedan estar con sus padres o familiares, por las razones que sean, creo que sería menos difícil para ellos continuar en su entorno y adaptarse a vivir en un orfanato, que enviarles a otro país con el objetivo de “que tengan una vida mejor”.
 Estoy convencida de que la adopción sigue siendo la mejor medida de protección a la infancia, en muchas ocasiones los niños no sobrevivirían a entornos generadores de marasmo y miseria en sus lugares de origen. En algunos países, por el clima o por otras circunstancias, los niños pasan todo el tiempo encerrados en los orfanatos, con muy pocos cuidadores y un cuidado ínfimo. En estos casos, por supuesto que la adopción es lo mejor para ellos.

Insisto en que en este escrito me refiero a los niños del orfanato que he conocido y a los que he visto cuando recorría el país. Creo que en estos casos traerles a un país occidental no les haría más felices que quedarse allí, rodeados de su entorno conocido.

En Madrid a 29 de febrero de 2020

Montse Lapastora

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