Amor en tiempos revueltos. Conchi Martínez Vázquez

No. Esto no va de series de televisión ni de películas conocidas. Aunque lo que voy a contar pudiera ser inspiración para un bestseller de esos que arrasan en superventas para devoradores de libros ávidos de nuevos conocimientos. No en vano pudiera ser una bonita historia de amor, la historia de muchas madres adoptivas que se ve empañada por los efectos del COVID19, llena de afectos y desencuentros, algunas veces teñidas de negro por causas propias de querer y acompañar a un hijo fruto de la adopción con semillas del trauma relacional temprano.  Otras veces por los efectos de las restricciones y limitaciones que la situación actual está teniendo en todos y todas en esta amenaza invisible y mantenida en el tiempo.

A partir del poema Quiero de Jorge Bucay (en cursiva, color y negrita más abajo) recogido en su libro “Cuentos para pensar «(1997), quiero dar voz a una de esas madres anónimas, compartiendo, en tiempos revueltos, lo que es el verdadero amor. Vaya por delante que quiero pedir disculpas a las madres adoptivas porque, sin yo serlo, me he atrevido a escribir en su nombre, intentando recoger, desde mi experiencia profesional, lo que me transmiten con su sentir en estos momentos las familias con las que tengo la suerte de trabajar y acompañar en el camino.

Asimismo, pedir disculpas a los padres adoptivos que, seguro, se identifican con muchas de las cosas que aquí aparecen y que puede que se sientan injustamente ignorados. Para ellos vaya también mi reconocimiento. Pedirles que, si así lo consideran, vuelvan a releerlo cambiando la palabra “madre”.

“Quiero”

(Poema de Jorge Bucay aderezado por reflexiones compartidas)

 Quiero que me oigas, sin juzgarme

Mi voz no es lamento, no es gemido. Es un canto de amor amargo que se reviste de miel para tapar las heridas de un camino que está siendo escarpado. No es fácil lidiar con mis propios agobios y los de los míos cuando todo ha cambiado tanto que ya ni la palabra normalidad se siente como propia. Hábitos, relaciones, formas de trabajar y de organizarnos…bailan al son de la palabra incertidumbre. Si, esa palabra que en mi familia origina desconcierto porque los hijos e hijas de la adopción necesitan que todo sea predecible y estructurado.

Quiero que opines, sin aconsejarme.

Tú, padre o madre que ves que mi hijo no es tan perfecto como el tuyo, quiero que pienses que yo sí se educarle, que cada día le recuerdo que se lave los dientes, que deje la ropa sucia en el cesto y que no se come con la boca abierta. Yo sé lo que debo hacer, y lo hago. Solo que en ocasiones mi trabajo como madre, aun siendo necesario, no es suficiente para que todo funcione bien. Tus consejos edulcorados no me ayudan, me hacen sentirme incapaz, como más chiquitita. Sí que valoro mucho tu escucha, tus palabras de aliento e incluso tu opinión cuando es certera, breve y sincera.

Quiero que confíes en mí, sin exigirme.

Me dirijo a ti profesor o profesora que pones todo tu empeño en ser el mejor o la mejor docente en estas difíciles circunstancias. Yo también aspiro a ser la mejor madre, incluso cuando no consigo que mi hijo haga sus tareas escolares, cuando falta a tus clases o se niega a hacer un examen. Los efectos de su trauma temprano se multiplican cuando, por la pandemia, no puede salir con sus amigos ni ir a las extraescolares que tanto le gustan, como el fútbol, y que tanto bien le hacen. Su ansiedad no es de la que se calma sólo con pastillas, es un estado de alarma continuo (curioso que sea el mismo nombre de la situación que vivimos, qué paradoja, ¡tú y yo también lo estamos, ya somos tres!). Las rutinas ahora se han transformado en batallas. No soy una madre negligente, solo soy una madre luchadora. Por eso necesito que estés en mi bando y luchemos juntos para ayudar a mi hijo en los temas escolares ahora más que nunca.

Quiero que me ayudes, sin intentar decidir por mí.

A ti hermana, madre, prima. Valoro mucho tus esfuerzos para que todo vaya bien. Tus llamadas telefónicas interesándote por cómo estoy me alivian. Me ayuda saber que estás ahí. No tanto cuando organizas los planes por mí y decides lo que tengo que hacer.

Quiero que me cuides, sin anularme.

Querido esposo, más que amigo y compañero, te valoro y admiro mucho por ser la persona maravillosa que junto a mi te embarcaste en esta tan preciosa como difícil andadura de la adopción. Esta situación de estrés que estamos pasando hace que a veces descuidemos lo más importante, nuestro timón sujetado por tus manos y las mías en esta travesía. Si me criticas o censuras no me ayudas, aunque entiendo que para ti también es difícil levantarte cada día con una sonrisa en los tiempos que corren.

Quiero que me mires, sin proyectar tus cosas en mí.

Quizás esto sea lo que peor llevo. Me cuesta entender-por muchos libros que haya leído-tu furia hacia mí, tu rabia y tus palabras llenas de resentimiento y a veces odio, sin motivo alguno. Tu dolor, hijo, es mi dolor. Si pudieras mirarme a los ojos verías que soy yo, tu madre. El cuerpo lleva la cuenta de las vivencias y las tuyas duelen. Pero no soy yo quien las causó. Cuando no puedo calmar tu rabia, ahora más a menudo, y me insultas, y me gritas, no puedo evitar tener emociones encontradas. Sigo buscando libros para entenderte y entenderme.

Quiero que me abraces, sin asfixiarme.

Tus abrazos, hijo mío, son siempre bien acogidos por mi corazón. Un corazón a veces asfixiado por tus continuos “¿me quieres?” y por tu particular forma de mostrarme tu cariño, a veces descontrolada, intensa e incluso desbordante. Tus abrazos son medicina, tus besos vitaminas. Espero con ganas el día que aprendas a quererme de una manera más sosegada, que confíes en mí. Déjame enseñarte a entender que existen personas en las que puedes confiar, también cuando no las ves porque existe un lazo invisible que nos une.

Quiero que me animes, sin empujarme.

Tu hermano ya tiene un padre y una madre y no necesitamos que nos recuerdes constantemente lo mal que le educamos, que le sobreprotegemos porque es adoptado. Espero de ti, hijo mayor, apoyo y complicidad para que él pueda, como tú, confiar poco a poco en los demás, hacer amigos duraderos y sobre todo a confiar en él mismo. Cuando me recriminas y me empujas con tus comentarios a ser más dura y reñirle por todo, te olvidas que para él es difícil y no se porta mal para fastidiarnos.

Quiero que me sostengas, sin hacerte cargo de mí.

Todos y todas hemos sido niños. Mi “yo pequeña” forma parte de mí también ahora, y aflora siempre que puede en momentos de desconcierto, volviendo a sentir el anhelo de quien no tiene más tareas que jugar y reír. Me enorgullece la niña que fui, pero esa niña no puede gobernar mi vida ahora. Quiero, mi niña pequeña, que ocupes un lugar importante en mi yo adulto, un pilar donde sostenerse y rememorar experiencias de apego, de felicidad, también de lucha porque todo es aprendizaje. Pero esa niña ha crecido y ahora ha de mirar al pasado de reojo, sin perder el horizonte para no caer de la cuerda floja. Llegarán tiempos mejores, hay esperanza. Y mientras tanto la experiencia acumulada y el dejarse querer actúan como arneses.

Quiero que me protejas, sin mentiras.

Mi fragilidad no me hace débil, solo vulnerable. Agradezco sentirme acompañada por quienes sois mi red de apoyo. La distancia no permite vernos como antes, tomarnos ese café eterno para hablar de mil temas. Quiero y necesito sentirme protegida por quienes sois bálsamo para este invierno emocional, sin hipocresías, sin llamadas de compromiso. Amistad en estado puro para aliviar el alma.

Quiero que te acerques, sin invadirme.

Me dirijo a ti, mi propio miedo. Que estés ahí me moviliza y hace que luche con todas mis fuerzas incluso cuando parece que estoy a punto de desfallecer. No podemos vivir sin miedo, forma parte de las emociones, de la vida, de la muerte. Solo espero mantenerte a raya, sin que me invadas, sin que anules mi voluntad para que pueda seguir cuidando de mi hijo. Siempre has estado frente a mí, cara a cara con mis inseguridades acerca de mi capacidad para ser su mamá, de si podía soportar el sufrimiento de ver sufrir a quien más quiero, y ahora de que este maldito virus me separe de algún ser querido arrebatando la paz que tanto necesito.

Quiero que conozcas las cosas mías que más te disgusten, que las aceptes y no pretendas cambiarlas.

No pensé nunca que podía hablarme a mí misma en estos términos. Tanto tiempo dedicando mis esfuerzos a los otros han hecho que en ocasiones no recuerde ni quién soy, con mis defectos y manías que me hacen tan especial. Aunque no quiero ser crítica conmigo misma no puedo evitar cuestionarme. Mañana es el día. Comenzaré a creer más en mí, a aceptar que soy imperfecta sin restar con ello valía, a pedir ayuda cuando la necesite. También a quererme más.

Quiero que sepas, que hoy (y siempre) puedes contar conmigo. Sin condiciones.

Amado hijo, siempre tu madre.

 

Os invitamos a leer más artículos que atesoramos en esta web escritos por Conchi Martínez Vázquez y que atesoramos en esta web.

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