La resistencia de algunos padres a hablar simple y llanamente de adopción. Montse Lapastora

Algo que me deja muy sorprendida es la resistencia de algunos padres a hablar simple y llanamente de adopción. Me he encontrado con varios casos y en ámbitos diferentes (sesiones psicoterapéuticas, grupos de padres, charlas), en los que algunos de ellos reconocían que no empleaban la palabra “adoptado”. Utilizaban diferentes argumentos para justificarlo; que era una forma de etiquetar, de discriminar, que no había surgido el momento, que no era necesario. Sin embargo, sí se hablaba, según ellos con naturalidad, de cuando habían ido al país a recoger al niño. Se veían las fotos del encuentro y se realizaban comentarios sobre la adopción según iban surgiendo. ¡Cuántos eufemismos debieron utilizar hasta poder utilizar la palabra prohibida “adoptado”!. Temían que el niño se sintiera discriminado, pero eran ellos los que no podían aceptar la diferencia que implicaba esa palabra, diferencia que conlleva que el hijo es en sí mismo distinto, pues trae consigo una serie de añadidos, como son la existencia de otros padres (los biológicos), unos rasgos físicos diferentes, a veces dificultades de aprendizaje, y otras características.

Otros padres sí pueden nombrar la palabra adoptado, pero no pueden hablar de ello a sus hijos. Cuando llegan a la consulta, se quejan de que los niños no hablan, no preguntan sobre sus orígenes, se extrañan de que no lo hagan, pues están convencidos de que les dan la oportunidad de hacerlo, de que ellos están abiertos a cualquier pregunta y a aclarar cualquier duda que les planteen. Los padres achacan el silencio de los menores a falta de interés o curiosidad. Sin embargo, cuando me quedo sola con los pequeños, observo otra cosa muy distinta; en cuanto les doy la oportunidad de hablar, lo hacen, y preguntan con vehemencia.

Dos ejemplos:

1º) Consultó una familia con una hija de once años de adopción nacional porque la niña había bajado su rendimiento escolar. Los padres no daban mucha importancia al hecho de la adopción, decían que era algo que estaba muy integrado en la familia y que no tenía por qué estar interfiriendo en lo que le ocurría. Cuando me quedo sola con ella, le explico cómo va a ser nuestro trabajo, le doy el encuadre psicoterapéutico, y al terminar de explicarle las normas, le pregunto si ha entendido todo y si hay algo que me quiera preguntar. Inmediatamente interroga: “¿tú sabes quiénes son mis padres biológicos?”. Había sido adoptada con quince días, y la preocupación que tenía por sus orígenes estaba muy presente en su mundo interno pero no la podía expresar en su casa.

En un trabajo psicoterapéutico posterior con su familia, se vio que el uso de la palabra adoptada no se permitía con naturalidad, consideraban que no había por qué ir diciéndolo por ahí a todo el mundo, pero para ellos en “todo el mundo” estaba incluida parte de su familia, los amigos del colegio y del barrio, es decir, ser adoptada era casi un secreto familiar, que cuanto menos se supiera, mejor. Para la niña el hecho de que sus padres no le pudieran hablar de ello, fomentó que no pensara en otra cosa que en su pasado. Contaba con angustia que el deseo de saber cómo era su madre biológica le había ido invadiendo poco a poco su pensamiento, incapacitándola para concentrarse en el estudio, para conciliar el sueño y para casi cualquier otra cosa. Sus padres habían pasado “de refilón” por el tema de la adopción sin dar a su hija, en contra de lo que ellos creían, la oportunidad de preguntar, porque no podían aceptar en su totalidad el hecho adoptivo. Seguían negando las diferencias que esto implicaba, con lo que estaban dificultando un desarrollo psicoevolutivo sano de su hija, ya que estaban impidiendo que incorporara su condición de adoptada a su identidad.

2º) Otra familia trajo a consulta a un niño de ocho años, adoptado con dos y medio en un país del Este, porque se mostraba muy tímido en el colegio y tenía problemas de relación.

Sus padres eran muy reticentes a que yo tuviera una entrevista con él. Consideraban que hablar de la adopción no tenía sentido y que su hijo no estaba nada preocupado por estos temas. Después de trabajar con ellos varias sesiones, consintieron en que tuviera una consulta con él. Una vez solos, le di las normas del encuadre y, como siempre, le pregunté si había algo que no había entendido, o si quería hacer alguna pregunta. Al igual que la niña del ejemplo anterior,  sin pestañear  me increpó: “¿tú sabes por qué me abandonaron mis padres?”.

Al referir esto a su familia, no pudieron escucharlo, me acusaron de haber incitado yo a su hijo a hablar del abandono. Pero a pesar de ello, y como muestra de buena voluntad y apertura por su parte, cuando llegaron a su casa, le señalaron a su hijo en un mapa la ciudad en la que nació, dato que hasta entonces desconocía.

A pesar de estos intentos de apertura, estos padres fueron incapaces de escuchar, por un lado, lo que yo les decía, y por otro,  enfrentarse a lo que el niño ya sabía y a las inquietudes que tenía sobre su vida anterior.
Dejaron de acudir a  consulta.

Estos casos son bastante frecuentes. Los padres no pueden decir, no pueden asumir desde lo más íntimo de su ser, que sus hijos son adoptados porque esto implica  asumir que son diferentes, y esto se ve en multitud de ocasiones que reflejan la negación de la diferencia en expresiones como “pues igual que los biológicos, también cogen rabietas”, cuando les explico que la baja resistencia a la frustración está relacionada con carencias en su desarrollo afectivo; o cuando refiero que sus miedos a quedarse solos pueden estar asociados a la experiencia del abandono, los padres argumentan que “ellos también eran miedosos de pequeños” o; “hay muchos niños tímidos que no son adoptados”, cuando intento explicar las dificultades relacionales  asociadas a los problemas de vinculación.

Habría muchas expresiones con las que los padres pretenden negar que existen diferencias entre los hijos adoptados y los biológicos, y mientras no puedan asumirlas, difícilmente podrán transmitirles el proceso de revelación con la empatía necesaria para que sus hijos puedan incorporar con naturalidad su condición de adoptados a su  identidad.

Montse Lapastora

Extracto del artículo
LO REAL Y LO IDEAL EN LA TRANSMISIÓN DE LOS ORÍGENES DE LOS NIÑOS ADOPTADOS EN PREADOPCIÓN Y POSTADOPCIÓN.
 

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