Llenos de nadismos. Iñigo Mtz. de Mandojana

La Nada se quiso merendar Fantasía en la Historia Interminable de Michael Ende.
Una nada que nacía de la desesperanza de los hombres y mujeres que dejaban de
soñar, de imaginar, de creer, de tener fe. Las nadas de estos niños, niñas y adolescentes
necesitan de guerreros como Atreyu que se partan la cara cuando pintan bastos, sabiendo
lo quehacen y por qué lo hacen. Sólo así podremos devolverles la oportunidad y la
posibilidada un mundo lleno de desafíos realizables.

LLENOS DE NADISMOS

A estas alturas no voy a ser yo quien vuelva a recordar la importancia de los buenos tratos en el desarrollo físico y psico-emocional de los niños, niñas y adolescentes. Ni tampoco voy a incidir en el impacto brutal de no tenerlos en los primeros años de vida. Mercedes y María ya se han encargado de rodearse de grandes especialistas y expertos en este tema que ponen encima de la mesa el daño y la huella que la deprivación, el abandono y la incompetencia parental dejan en esos cerebros y en su funcionamiento.

Sin embargo, vengo a hablaros del nadismo. No lo busquéis en internet. Un concepto sin fundamentación teórica, sin eminencias científicas que lo avalen. Ni siquiera presente en la santa wikipedia. Pero es un concepto que los que trabajamos con menores que no han tenido la suerte ni la oportunidad de contar con unos brazos contenedores, que a la vez que amaban contenían, que incluían y calmaban, lo hemos sospechado e intuido. Hay niños, niñas y adolescentes llenos de nada, llenos de agujeros, de cosas multiplicadas por cero. Aquellos que tienen que montar los nuevos aprendizajes sobre la nada y que acaban apilándose unos sobre otros en una montonera, como el desván de mi casa o simplemente cayendo en un agujero negro. Si el profesor Enrique Arranz nos habla del constructivismo una y otra vez como algo fundamental en la parentalidad que permita a los niños y niñas tener estructuras sólidas que les posibiliten anclar las emociones, los conceptos, los aprendizajes, imaginaos al que no tiene nada donde colgar y fijar ni un simple cuadro.

Puede parecer que el concepto sea una metáfora pero no lo es. En los primeros años de vida la actividad neuronal es brutal y la creación de conexiones sinápticas se generan a nivel exponencial. Pero luego llega la poda, es decir, cuando se eliminan aquellas que no nos hacen falta (por no meternos con la mielina). Un ambiente lleno de estrés, de insatisfacción y no atención provoca que ese cerebro esté más vacío, más hueco. En definitiva un cerebro con un volumen disminuido. Queso gruyere.

Esta manera de ver es fundamental cuando queremos hablar de resiliencia parental o situarnos como tutores de resiliencia, porque tenemos que partir de esos vacíos, vacíos que se tenían que haber llenado cuando tenían un año, dos o cuatro. Muchas de esas nadas están ocupadas de ruidos de consolas y móviles, de horas y horas con los cantajuegos en la tele, de endorfinas en forma de chucherías, patatas fritas, galletas, coca-colas… o de todo lo contrario. De techo, de paredes, de tiempos muertos atados a una silla. Así pues, nos encontramos ante adolescentes que tienen el desarrollo moral de uno de 5, o niños y niñas que tienen una regulación emocional de uno de 3. Eso sí en un cuerpazo de 16, 12 o 10 años.

Tomás es un adolescente de 15 años. Se crió con los abuelos maternos y no tuvo ni un límite. Fue criado en el consentimiento y en la laxitud. A los 5 años se reagrupó con su madre, con una dualidad en el maternaje que combinaba un pautaje muy débil con una hiperprotección. Una contradicción continua entre lo que sabe que tiene que hacer y lo que realmente acaba haciendo. Vamos, una bomba de relojería que explotó cuando Tomás cumplió los 14 y pasó de ser el niño introvertido, aplicado y desapercibido, a un adolescente conflictivo, agresivo, desparramado por el mundo. Sus funciones ejecutivas están en ruinas y se mueve en el “ahora mismo”. Es un adolescente al que no han dejado crecer. Un adolescente lleno de nadismo. De esta manera, la violencia con que se enfrenta a las cosas es la propia de un berrinche pueril de 5-6 años, pero con la peligrosidad de uno de 15.

El reto más importante es conocer esas nadas porque a diferencia de un bebé al que calmaron, al que fueron guiando en el mundo de las consecuencias, al que le pusieron límites, estos niños y niñas fueron sobreviviendo con una organización cerebral ajustada a ese mundo vacío, a esa falta de sostén, de estructura. Marina de Santiago lo explica muy bien cuando dice que el desarrollo madurativo va de abajo arriba, como un árbol. No puede haber ramas sin tronco. Y si el tronco, donde habita lo más básico, el sostén de otros aprendizajes está inmaduro, es imposible que se anclen de manera adecuada.

Por tanto, habrá que ir cimentando esos huecos con los elementos necesarios para poder permitirles un desarrollo psico-social óptimo. A través del juego, de presencia responsiva, de narrativas nuevas y esperanzadoras…

Sé que resulta muy doloroso para padres, madres, cuidadores y profesionales tener que enfrentarse a situaciones de contención emocional y física de manera habitual por el impacto tan fuerte de esa energía intrapsíquica que las dos partes derrochan en dichos incidentes. Pero son la clave y el complemento a otras situaciones de bienestar relacional. Tan importante es abrazar, contar cuentos, peinar, caminar de la mano, tumbarse en la cama, jugar, como poner esos límites de manera firme y comprensiva. Pero muchas veces es muy angustioso.
Cada vez que lo hacemos favorecemos que ese cerebro en construcción vaya modificándose, vaya rehabilitándose de ese daño, de ese estrés y deterioro provocado por una infancia temprana que nunca debería haber existido. Es ahí donde la verdadera Incondicionalidad se demuestra y se hace carne. Una apuesta por generar espacios y contextos de seguridad que permitan reparar ese daño. Que posibilite validar nuevas experiencias y nuevos recursos. Y sobre todo narrarlos a su lado dando nuevos significados hacia nuevas esperanzas.

Decía Rosa Fernández en su ponencia en las II jornadas de apego, resiliencia y parentalidad positiva que los profesionales tenemos la obligación (y repite)… la obligación de conocer qué pasa en esos cerebros y cómo nos debemos acomodar a ese daño. No podemos improvisar, ni experimentar, ni guiarnos por intuiciones sin fundamento.


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