El rechazo y sus máscaras. Por Conchi Martínez Vázquez

Conchi Martínez Vázquez comparte con nosotros este trabajo que resulta tan interesante como significativo, tanto a ella como a nostros nos llegan las consultas de padres/ madres que se sienten en conflicto  con sus emociones, por eso este post. De su mano ingresamos en la trastienda de las emociones familiares, nos describe la no tan infrecuente torpeza en el manejo de las emociones, cómo algunos padres pueden encubrir sus sentimientos con sentimientos opuestos y cómo los hijos pueden desarrollar estrategias para sobrevivir emocionalmente a estas circunstancias. En su escrito, Conchi abre puertas y ventanas para orear desasosiegos y angustias familiares y nos hace reflexionar en estos intrincados asuntos familiares llegando a la conclusión de que: «se puede rechazar y querer al mismo tiempo a un hijo o una hija aunque sea difícil de creer si no se tienen en cuenta las historias personales de cada uno/a.»

Para ello se basa y nos recomienda un gran libro “Tu hijo, tu espejo. Un libro para padres valientes de la psicoterapeuta Martha Alicia Chávez Martínez.

gracias

|Concepcion Martínez Vázquez Psicóloga Diplomada en Trauma infantil  y psicoterapia    sistémica por IFIV. Pro-fesora asociada Universitat de València.

 | resilenciainfantil.blogspot.com

 |Post en origen.¿Puede un padre o madre sentir rechazo por su hijo/a y al mismo tiempo quererle?

 

rechazoen negrodifusEmpiezo con una pregunta:

¿Puede un padre o una madre rechazar a su hijo o hija y al mismo tiempo quererle? Y si es así ,¿el rechazo es siempre reconocido y aceptado?

El rechazo y sus máscaras

Quizás lo primero que nos podríamos preguntar ante la cuestión anterior sería ¿Por qué un padre o una madre podría sentir rechazo por un/a hijo/a? La primera razón es su condición humana; el padre/madre es un ser humano con una historia personal, con limitaciones, con necesidades insatisfechas, con miedos, con conflictos.

Pueden existir diferentes razones por las que el hijo puede ser rechazado, una de ellas por lo que la autora llama El síndrome del «patito feo» que se manifiesta de diversas formas, pero siempre lleva implícito el mismo mensaje para el hijo: «No me gustas».

Ser de piel, ojos y cabello oscuro en una familia que hipervalora el cabello, los ojos y la piel clara, ser mal alumno en una familia de gente inteligente y brillante, ser pobre en una familia de ricos, ser rico en una familia de pobres, ser irresponsable en una familia dé superresponsables, vestir «mal» en una familia que viste «bien», ser libre en el pensar y el actuar en una familia de rígidos, ser feo en una familia de bellos, o simplemente ser demasiado gordo, o demasiado flaco.

El padre o la madre pueden sentirse cuestionados a nivel social, importa demasiado que la gente piense que no lo estás educando, formando, cuidando o alimentando adecuadamente, y lejos de sentirte orgullosos de él o ella sienten rechazo.

Otras razones por las que se puede sentir rechazo hacia un hijo son, por ejemplo, que haya nacido cuando ya no se deseaba un hijo, o porque padece alguna enfermedad desde pequeño que esclaviza y abruma a los padres, o por una razón tan simple, pero tan común, como parecerse a algún familiar con quien el padre tiene fuertes conflictos o le cae mal.

Muy importante lo que señala Martha….Porque, ¿qué sucede cuando un padre que siente un importante grado de rechazo hacia un hijo lo mantiene negado y reprimido? En el mejor de los casos, mostrará agresión y desamor hacia su hijo ( y dice en el mejor de los casos porque ésta es la forma menos insana de manejarlo).

Cuando un padre muestra abierta y directamente estos sentimientos, el hijo sabe dónde está parado, sabe qué esperar, está viendo la piedra en la mano del padre y buscará la forma de protegerse cuando la lance; construirá escudos, desarrollará estrategias, echará a andar todo su ingenio y su potencial para lidiar con la situación. En cambio, cuando en grado extremo el padre reprime, oculta y niega el rechazo, se activará inconscientemente un mecanismo de defensa llamado formación reactiva, el cual consiste en encubrir un motivo o sentimiento que causa angustia y culpa, experimentando conscientemente lo opuesto, de manera que antes de que el verdadero sentimiento o motivo llegue a la conciencia se convierte en su opuesto.

En este caso el rechazo será manifestado como su polo opuesto: la sobreprotección.

sobreprotectoresCuidado, no estamos diciendo que todo padre o madre sobreprotector en el fondo esté rechazando a su hijo/a. Sino que nos referimos a aquellas situaciones en las que existe un rechazo grande, secreto y negado hacia el hijo y la consiguiente culpa por sentirlo, por lo cual, como un intento de disminuir esa culpa y ocultar ese rechazo, se desarrolla la sobreprotección, permitiéndole ser y hacer todo lo que quiera. Le satisfacen sus necesidades antes de que las sienta, le dan de sobra antes de que pida, le permiten hacer cosas que a otros hijos no, o no le exigen lo que a otros hijos sí, les soportan agresiones y hasta se convierten en sus sirvientes. El hijo sobreprotegido crece débil, demandante, dependiente, inseguro, sin tolerancia a las frustraciones, ignorando su propio potencial y con la sobreprotección le han dado el mensaje implícito: «TÚ NO PUEDES, POR ESO LO HAGO YO POR TI».

Puede parecer algo extraño al leerlo por primera vez, pero no es difícil encontrar situaciones así, como la de la mamá que fue violada por su exmarido al cual su hija, fruto de esa violación, no para de recordar y por la que siente verdadero rechazo con el que se siente mal y por ello le permite todo, incluso un absentismo consentido bajo la justificación de problemas somáticos fingidos.

Está claro, no obstante, que si tuviéramos que elegir entre el rechazo abierto y directo y la sobreprotección, nos convendría elegir el primero, porque, aunque ambas situaciones causan dolor, en el primer caso el hijo desarrollará la fortaleza suficiente para salir adelante, para defenderse, para compensar de alguna manera las carencias derivadas del abandono emocional producido por el rechazo.

Cambia tú lo que yo no puedo cambiar.

No hay nada más chirriante que observar cómo una madre le dice a su hijo gritando como una energúmena que es un maleducado, o un padre que le dice a su hijo adolescente que no fume porque se tragará el cigarrillo si le pilla cuando hace este gesto con un cigarro encendido. O que su cuarto es un desastre cuando la habitación de la madre es una leonera. Dice Martha que cuando un padre insiste con el hijo a tal punto que parece obsesionado por cambiarlo para que haga eso que «debe» hacer, no hay duda de que hay algo más, algo que el padre está proyectando en el hijo de manera inconsciente. Y aquí va el mensaje implícito: «ESTO ES MÍO, NO ME GUSTA, NO LO PUEDO CAMBIAR, CAMBÍALO TÚ POR MÍ».

A menudo olvidamos que los hijos aprenden los valores de lo que los padres SOMOS, no de lo que DECIMOS.

La pesada carga del hijo parental

Muchos hijos asumen roleshazlo tu1 y funciones distintas a las que les son propias. Y además el hijo parental tiene mucho poder en la familia, se le ha dado implícitamente toda la autoridad para manejarla, sus funciones son proteger a sus padres y hermanos y solucionar una buena cantidad de asuntos relativos a ellos.

El hijo parental suele ser muy maduro, muy fuerte y responsable, contrariamente al padre o madre que debería llevar a cabo esta función, quien suele ser débil, dependiente, inmaduro, temeroso, inseguro o con muchos conflictos emocionales o de personalidad. También puede surgir un hijo parental cuando uno de los padres tiene una importante enfermedad física o discapacidad. Tomar el rol de hijo parental es producto de un acuerdo inconsciente e implícito entre el hijo y los padres. Por lo general, nunca se ha hablado al respecto, simplemente el hijo percibe a un padre, madre o a ambos, incapaces de hacerse cargo de su propia vida y de la de sus hermanos; entonces, sin darse cuenta, el hijo toma la batuta y el padre gustoso se la entrega.

No significa que de pronto el hijo decidió tomar ese rol, la mayoría de las veces ni siquiera es consciente de que lo tiene, surge como un mecanismo de compensación para mantener la homeostasis o equilibrio en la familia. El hijo parental presenta comportamientos característicos: cuida a sus hermanos, les da consejos, los reprende, está convencido de que debe ser su ejemplo a seguir; cuida también a sus padres, los regaña, les indica cómo educar a sus hermanos y qué permisos concederles; toma además decisiones importantes en casa: recibe las quejas del padre o madre acerca de las faltas de su cónyuge y se siente obligado a dar apoyo y consejo al respecto. Pero por dentro este hijo vive en tal grado de tensión que sólo quien ha estado en ese lugar puede comprender.

Recuerdo el caso de Natalia, de 12 años, que se en-cargaba literalmente de que sus dos hermanos pequeños hicieran las tareas escolares, comieran, se vistieran, todo ello bajo la inatenta mirada de su madre con una botella de alcohol en el sillón de la casa. ¡Y pobres de sus hermanos si no lo hacían!

Por otra parte, en ocasiones escuchamos que los pequeños son “el hombre o la mujer de la casa” cuando los progenitores se separan o cuando se van de viaje. Pero como dice Martha, nunca un hijo es el hombre o la mujer de la casa; si en esa familia por cualquier razón no hay esposo o esposa de modo definitivo o temporal, simplemente no hay hombre o mujer de la casa. Los hijos no deben, no pueden, no les corresponde ocupar ese lugar cuando está vacío, está vacío y punto; el hijo es el hijo y nunca será, ni tiene por qué serlo, el sustituto del padre o la madre ausente. La inseguridad, el miedo a la soledad, pueden llevar a los padres y madres a actuar de esta manera (y con ello no decimos que si en algún momento lo hemos dicho sea una barbaridad, sino que el problema aparece cuando se hace de manera reiterada y el niño o niña acaban asumiendo esa función).

Hace unos días una adolescente me decía que tenía un dilema a la hora de decidir con quien se iría a vivir tras la separación de sus padres porque su madre la martirizaba continuamente recordándole lo mucho que se parecia a su padre, pero éste le decía cada vez que tenía ocasión que tendría que quedarse a vivir con él porque así sería la mujercita de la casa (y él obviaba lo que la menor decía de…y con ello, hacer la comida, poner la lavadora, comprar..)

El compromiso sagrado

crocodiloSer padre o ser madre es el más honroso y sagrado compromiso que adquirimos con la vida, compromiso que algunos deciden no cumplir, abandonando física, material o emocionalmente a sus hijos; compromiso que otros deciden cumplir quejándose, lamentándose y reclamando a sus hijos por todos los sacrificios, el dinero gastado, el esfuerzo hecho día con día, compromiso que otros, por desgracia los menos, cumplen amorosamente aun con todas sus limitaciones, agobios y errores.

El dar es siempre en sentido descendente, es decir, desde las generaciones mayores hacia las generaciones que le siguen, y un padre no tiene derecho a reclamar a sus hijos por todo lo que les da.

Dice Martha: “he visto muchas madres solteras, viudas o divorciadas, reclamando que no se volvieron a casar por sacarlos adelante; madres amargadas reprochando que dedicaron su juventud a ellos, desgastando sus cuerpos y sus energías por su causa. También he oído a padres frustrados que casi llevan una lista de lo que han gastado en mantenerlos y lo duro que trabajan para ellos; padres que siempre dan el dinero de mala gana, acompañado con una retahila de reclamos, condiciones o amenazas; y a madres que le dicen a la hija que está a punto de casarse o irse de viaje: «Una los cría, se sacrifica por ustedes, da la vida por ustedes y, de pronto, así de fácil se van y nos dejan solos».”

En definitiva, nadie dijo que ser padre o madre fuera fácil. Y no se trata de juzgar lo mal que lo hacen unos u otras, o de estigmatizar a aquellas personas que por razones injustas no tuvieron la oportunidad de tener una infancia y una adolescencia felices dificultando con ello una competencia parental adecuada. Lo que importa es el darse cuenta pronto, por uno/a mismo/a o con ayuda de profesionales. El cambio en positivo merece la pena para niños y grandes.

Y por supuesto que se puede rechazar y querer al mismo tiempo a un hijo o una hija aunque sea difícil de creer si no se tienen en cuenta las historias personales de cada uno/a.

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