Qué hacer cuando los conflictos se traducen en comportamientos agresivos.

El tema del comportamiento agresivo y sus posibles soluciones son motivo habitual de búsqueda de asesoramiento y consulta entre las personas responsables de la educación de un niño o adolescente. Los insultos, amenazas, destrucción de objetos, negativas hostiles a realizar las tareas, desafío, agresiones físicas, etc., se están presentando con mayor frecuencia y cada vez a edades más tempranas, entre los niños y jóvenes de sociedades desarrolladas.
Las causas de este incremento de conductas agresivas o múltiples son diversas: desde una sociedad de bienestar donde la frustración resulta cada vez más en inaceptable, la presencia de estilos disciplinarios permisivos son muy tolerantes, estilos parentales impulsivos-explosivos, familias rotas donde los padres perciben pocas capacidades para ejercer su rol parental, a la abundancia de modelos de observación, que los niños imitan en medios de comunicación y otros agentes educativos.
Está ampliamente documentado por la experiencia y la literatura científica que el comportamiento agresivo surgido a edades muy tempranas, que no se interviene ni resuelve de manera efectiva en estos períodos, puede escalar hacia comportamientos más agresivos y violentos en etapas evolutivas posteriores (adolescencia): este es el llamado principio de escalada del comportamiento agresivo.
Resulta, pues, determinante identificar, lo más precozmente posible, ante qué personas y situaciones es más probable que este comportamiento aparezca, con la finalidad de elaborar un plan y diseñar estrategias y programas para la intervención temprana y la prevención de estos comportamientos, como una tarea prioritaria en la educación de un niño.
El comportamiento agresivo es funcional, pretende conseguir un propósito, es decir, ganar y/o evitar determinadas consecuencias. Si con el comportamiento agresivo (insultar, amenazar, pegar, destruir objetos, etc.) conseguimos determinadas consecuencias (ganar atención de las personas, evitar hacer una tarea, ganar reconocimiento y poder, obtener el juguete, reducir estrés, proteger nuestra autoestima, etc.), entonces este comportamiento estará reforzándose, con lo que tenderá a repetirse una y otra vez y diremos que el comportamiento agresivo se ha convertido en un hábito de conducta. Éste es uno de los riesgos que las familias han de prever.

Ante conductas agresivas, la familia debería:

  • Promover comportamientos alternativos que sustituya al comportamiento agresivo y permitan obtener sus mismos fines.
  • Analizar las consecuencias que el niño tiene con estos comportamientos. No olvidar que la atención prestada suele ser uno de los más potentes reforzador es que esta conducta pretende obtener, por lo que ignorarla puede ser un método en principio válido, siempre que este procedimiento pueda ser aplicado.
  • Poner en práctica la disciplina asertiva: ser amable pero firme.
  • Actuar como modelo de solución de conflictos para que nos imite, esto es:
    -Mantener la calma, mientras al contraataque, evitando así la escalada agresiva.
    -Empatizar con el enojo del niño, reconocer su enfado no significa darle la razón.
    -Aplazar para un momento posterior, cuando el niño esté más calmado (si le es posible), el recordatorio de una norma o tarea a cumplir.
    -Proponer como puede afrontar esta situación en ocasiones futuras, indicándole al niño/joven acciones concretas, practicándolas con él y reforzando con la atención y el elogio descriptivo, cualquier aproximación a esta nueva conducta.
    -Advertir sobre las consecuencias que el comportamiento agresivo traerá para él.
    -Enseñar a gestionar los conflictos mediante el método de ceder-ceder, una negociación donde el ceder de una parte conlleve la cesión de la otra y donde se busquen soluciones que satisfaga a ambas partes. Es importante que nos convirtamos en modelos coherentes entre lo que decimos y hacemos.
  • Reforzar sistemáticamente los comportamientos de ajuste o comportamientos deseados, alternativos al comportamiento agresivo.
  • Hacer crítica asertiva para los comportamientos inadecuados agresivos.
  • Enseñarle a tolerar la frustración.
  • Atacar el comportamiento agresivo, nunca a la persona que lo protagoniza.
  • Incluir al menor con comportamiento agresivo en programas de aprendizaje de competencias, tales como: “Habilidades Sociales”, “Comportamiento Asertivo”, “Defensa De Derechos Básicos”, como comportamientos alternativos al agresivo.
  • Promover contratos de conducta positiva.
  • Generar ambientes donde las normas sean claras, pocas y útiles.
  • Poner bajo protección de la integridad física del menor y de los que conviven con él.

Y sobre todo, frente a comportamientos agresivos, deberíamos evitar:

  • Que se puedan obtener refuerzos por el comportamiento agresivo.
  • NO CONTRAATACAR, evitar la escalada del “Ataque Contra-Ataque”.
  • En el momento de crispación o enojo del niño, amenazarle o anticipar consecuencias de castigos, pues esto habitualmente termina en una escalada agresiva. En momentos posteriores, cuando el niño esté más sereno, ya se tratará el tema de las consecuencias por el comportamiento agresivo.
  • Aproximarnos físicamente cuando el niño/joven está enfadado o presenta conductas agresivas, y decirle expresiones del tipo: “tranquilízate”, “no te enfades”; pues sólo provocarán un incremento del enfado. Debemos distanciarnos del niño, no tocarlo.
  • Gestionar los conflictos de tal forma que hay siempre un ganador y un perdedor.
  • Mostrarse inseguro o con poco control de la situación.
  • Las normas y los estilos de relación cambiantes y caprichosos, en los que reina la incertidumbre y el descontrol educativo.
  • Usar elementos paralingüísticos (gestos, ademanes, expresiones corporales, etc.) Y conductas verbales (amenazas, se insultos, descalificaciones, etc.) Que reflejan comportamientos agresivos y que el niño/joven reproducirá en diversos contextos.
  • Situaciones de aburrimiento de falta de actividad, pues es un potente factor de riesgo que favorece los comportamientos agresivos.
  • Contratos de conducta negativa. No suelen funcionar en estos casos.

RECUERDA:

Una tarea prioritaria la educación del menor es la prevención de comportamientos agresivos. Es de vital importancia de detectar los precozmente y diseñar planes de intervención temprana para corregirlos.

Ante un comportamiento agresivo nunca debemos contraatacar, hemos de mantener la calma y empatizar con la ira del niño/adolescente, hacerle ver que comprendemos sus emociones sin concederle la razón hasta que consiga relajarse y podamos enseñarle cómo modificar esta conducta.