¿Qué hay detrás de un niño complaciente? Por Charo Blanco Guerrero.

Todos los años cuando el verano está llegando a su fin, sobre todo las vacaciones estivales, empieza el colegio y todo vuelve a la rutina, me gusta sentarme a escribir y hacer  un balance de lo que ha sido el curso anterior y  planifico cómo va a ser este. Para mí casi que el año empieza en septiembre con la vuelta al colegio y al trabajo, es una sensación que me acompaña desde la infancia y supongo que tiene que ver con que la navidad no me gusta demasiado, así es que como cada año me marco metas y objetivos a cumplir justo después de las vacaciones, con energías renovadas. Con algo de retraso este año, me siento a escribir  ya porque en mi regreso a la consulta compruebo que en general el verano ha sido largo  e intenso para algunas familias adoptivas con las que trabajo. No me refiero a las vacaciones, sino al verano en general, al día a día, a la convivencia, a mantener ese mínimo de normas que hacen llevadero el delicioso caos de levantarse tarde y saltarse casi cada día muchos de los hábitos ineludibles durante el curso escolar  .

Todos necesitamos esa vuelta a la normalidad, la rutina, los horarios y obligaciones diarias que nos hacen poner en marcha nuestra energía para llevar a cabo nuestros proyectos. En el caso de los niños adoptados con los que trabajo me atrevería a decir, que necesitan más aún, esa vuelta a la rutina donde cada día pueden anticipar lo que van  a hacer con la ayuda de sus padres. A base de repetir, repetir y repetir es como logran organizar su cerebro y controlar tanto el pensamiento como los impulsos que tantos problemas les causan a menudo.

 Pero hoy al sentarme a escribir tengo todavía en mi mente  mi sesión de ayer con un chico de 13 años que comienza 2º de secundaria este curso. Le llamaré “R” por respeto a su intimidad y porque no quiero inventarme un nombre para él, ya se han cambiado demasiadas cosas en su vida sin su permiso y no quiero contribuir a ello. Al llegar lo noté cansado, pensativo y poco hablador y supuse que tenía que ver con los primeros madrugones para ir al Instituto, así es que no tenía ni idea de lo que rondaba su cabeza. Comenzamos por hablar de cosas triviales y me habla de su cambio de instituto este año. Ha sido una decisión de última hora de sus padres y él estuvo de acuerdo pero ahora duda de que haya sido acertado. Los motivos yo los conocía ya que durante el último año estuvo teniendo problemas de relación con un grupo de compañeros, algunos amigos desde la primaria y sobre todo con algún chico de un curso superior que le intimidaba por los pasillos y a veces le obligaba a darle su bocadillo o le pedía dinero. Un caso de bullying que me empeñé en que sus padres denunciaran pero que en el Centro no terminaban de ver.

R” fue adoptado a los 4 años, siempre ha sido un chico sociable, extrovertido y con mucha facilidad para entablar conversación con otras personas, sobre todo adultos. Ha sido un niño complaciente con todas las connotaciones de un estilo de apego complaciente: siempre podía adivinar lo que los demás esperaban de él y por supuesto se esforzaba en no defraudar a nadie, sobre todo a sus padres y profesores. Un chico de palabras y gestos dulces, convenientes y adecuados a cada situación y también en la sala de terapia durante mucho tiempo se ha mostrado así. Un miedo terrible en el fondo a quedarse solo, a ser abandonado y la mejor manera de combatir ese miedo es procurar  desplegar esa complacencia en todas las relaciones.

 Cuando conocí a “R” y empecé a trabajar con él, fui descubriendo que había muchas emociones de las que desconocía su verdadero significado, le costaba identificarlas y por supuesto identificar situaciones o personas que le hicieran sentir rabia o tristeza o simplemente miedo. Según sus propias palabras “siempre estaba contento, se sentía bien”. Por supuesto de lo que significa ser adoptado y de los detalles de su propia historia nunca ha manifestado curiosidad ni deseo de abordarla, así es que había que darle tiempo y no forzarle a nada.

Hemos trabajado juntos en el manejo de las emociones y ha podido transitar por diferentes situaciones del día a día que le hacían sentir rabia, aunque por supuesto no lo verbalizaba e intentaba que nadie lo notara, pero él podía saber en qué momentos ha sentido ese pinchazo en el estómago como él lo llama y también en muchas ocasiones ha sentido algo en el pecho muy parecido a la tristeza, no sabe bien por qué aparece algunos días y tarda en irse, pero ya sabe que esa punzada en el pecho y ese intento de no pensar en nada y no querer hablar con nadie, para él es lo más parecido a la tristeza que puede reconocer. A veces le llama “vacío” y yo le felicito por ser capaz de nombrar cosas que muchos adultos no se atreverían a reconocer que sienten.

A mí me parece que hemos hecho muchos avances, “R” ha hecho grandes avances con mi ayuda y su gran esfuerzo. Ha seguido desplegando sus estrategias defensivas para seguir mostrándose complaciente, para que sus profesores felicitaran a sus padres por su comportamiento y sus calificaciones y para que sus padres se sintieran orgullosos de su “buen carácter y sus buenas notas”. Pero a solas, por momentos y en algunas ocasiones él y yo hemos hablado de cómo se sentía realmente y ha puesto nombre a esos sentimientos que permanecían ocultos y que los adultos de su entorno ni remotamente podían sospechar.

Los últimos meses del curso pasado cuando “R” en el instituto tuvo problemas de acoso, estuvo bloqueado ya que durante un tiempo, breve porque me empeñé en sacarlo a la luz, ocultó a sus padres y profesores lo que estaba ocurriendo. A él le molestaba especialmente que el hecho de mostrarse siempre complaciente y educado con todos, no le sirviera para resolver este conflicto con estos chicos que no le respetaban y por primera vez identificó que sentía “miedo”.

Trabajamos este miedo a enfrentarse a estos chicos y denunciar lo que estaba ocurriendo, su miedo a decirle a sus padres que no era capaz de enfrentarse solo a esa situación y su miedo a mostrar  a los profesores su vulnerabilidad. Aquello se resolvió por la magnífica intervención del equipo educativo y por la responsabilidad de los padres de estos chicos que asumieron el control de sus hijos. Y por supuesto el valor que él tuvo de verbalizar lo que le estaba ocurriendo y admitir sobre todo ante sus padres que no se sentía bien, que no todo  iba bien.

A los niños adoptados su historia de separaciones tempranas, o abandono o maltrato de diversa índole, le infieren una fuente de vulnerabilidad más o menos visible, pero casi siempre presente en sus relaciones. Perdieron la confianza en los adultos y siendo muy pequeños aprendieron que no podían confiar en los demás, que debían manejarse solos y con sus propios recursos en todas las situaciones, aunque éstas en el presente no supongan un  peligro. Estos recursos siempre adaptativos  a veces les hace parecer inadaptados y así los etiquetan en muchos contextos.

 Pero a la vuelta de las vacaciones y con su cambio de instituto, “R” comienza a sentir una emoción para él desconocida y que por fin puede identificar y es la soledad, en este Instituto se siente solo. No me alegro de su tristeza pero celebro que sea capaz de hacer ese ejercicio de reflexión que se necesita para saber qué sentimos y cómo se llama eso.

Y por primera vez “R” me habla de su adopción y me dice que a veces se ha sentido de esta misma manera, solo,  y sobre todo que cuando piensa en que es adoptado y se imagina a su familia de origen, se siente solo y por eso no sabe si será el cambio de instituto pero que últimamente no puede dejar de pensar en esto y por supuesto no está preparado  para contárselo a sus padres porque cree que se van a quedar muy sorprendidos y pueden sentirse “ defraudados” por recordar todavía a su otra familia.

Y yo me quedo pensando después de estas últimas sesiones con él y celebro tanto su descubrimiento y cada reflexión que hace, aunque haya tristeza en sus palabras y en su corazón. Creo que por fin ha conectado con algo que estaba dentro de él y que no quería ver, estaba en su derecho de mostrarse complaciente y de no querer compartir su lado vulnerable, ese que tienen muchos niños adoptados y que se empeñan en enmascarar y que disfrazan a veces de malos modos, de distancia, de aislamiento, de palabras duras hacia las personas que más necesitan y que más les quieren y un largo etc. que muchos padres adoptivos reconocerán enseguida.

Y yo seguiré acompañando a “R” en su camino de descubrimiento de su propia historia, de esa que le hace daño pero necesita conocer y sobre todo compartir con sus padres. Y de ver cómo pone palabras a esos sentimientos que han permanecido ocultos, invisibles pero latentes en su día a día, al menos para los profesionales que intentamos ver más allá de las palabras y de las conductas.

El cambio de instituto ha sido el detonante o el conector de “R” con su pasado y con el sentimiento de soledad que le acompaña, menuda paradoja….

Ahora nos toca a los adultos que formamos parte de su entorno de protección, dejar de ver a ese niño complaciente y ver al verdadero niño que hay dentro, pero sobre todo permitirle que sea el chico que él decida ser.

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