Vivir a la intemperie. Por Pepa Horno

Como madre siempre he querido ser refugio y certeza. Ese puerto al que volver después de navegar. Esa certeza de amor que se siente en las entrañas sin asomo de duda. Refugio y certeza que protejan de la intemperie.

Mi hijo y cualquier otro niño o niña adoptado ya vivieron la intemperie. Por el abandono voluntario, las circunstancias o por el deseo de protegerles de sus padres biológicos.. sea por lo que fuera, ellos atravesaron la intemperie. Hubo intemperies desoladoras, frías y largas. Hubo otras que fueron más breves y livianas. Pero para ellos y ellas la intemperie no es una posibilidad, sino una certeza corporal y emocional.

Por eso intuyo que la intemperie que este «mal bicho» ha conseguido hacer consciente para todos nosotros no es la misma para ellos y ellas. La intemperie siempre estuvo, pero vivíamos con una falsa sensación de control. Habíamos diseñado una vida en la que en cierto modo dábamos por hecho su continuidad, su estabilidad. Seguíamos esa pauta no escrita de que si cumplíamos las reglas y los caminos trazados, todo iría bien. Pero la vida nos ha obligado a afrontar una certeza que asusta, y es que no controlamos. Vamos a volver a salir de nuestras casas con una sensación extraña metida en las «tripas«. Llamémosla miedo, o desasosiego. Ya no hay reglas seguras ni caminos ciertos.

Y esa sensación para nuestros hijos e hijas cae sobre una huella previa. Ellos ya han estado allí. Cuando les hacemos promesas, por dentro piensan cosas como «quizá», «porque tú lo digas» o «¿Cómo estás seguro?», «Si pasó una vez, puede volver a pasar«. Les miramos, les sonreímos, les abrazamos y nuestros hijos e hijas poco a poco nos van creyendo. No sólo nos aman, sino que aprenden a confiar en nosotros. Es un proceso largo y mucho más sutil de lo que quienes no lo han vivido puedan creer. Pero hay experiencias que caen sobre la huella: los cambios, las rupturas, los nuevos abandonos, los rechazos, la experiencia de no ser suficientemente bueno o válido… El covid 19 es una de esas experiencias. Una experiencia que para nuestros hijos e hijas cae sobre una huella conocida. Con una dificultad añadida: nos miran y perciben nuestro miedo, nuestra incertidumbre y nuestra propia intemperie.

Así que hoy quiero compartir con todos vosotros y vosotras las certezas que están sobreviviendo dentro de mí a mi propia intemperie. Desde las que estoy tratando de ser refugio para mi hijo y para mis seres queridos. Por si os pueden servir.

1. Somos todos uno. Si algo nos ha probado esta situación es que o salimos todos juntos o no salimos. No se trata de protegernos nosotros, se trata de protegernos entre todos y todas. Del mismo modo, la responsabilidad tampoco es sólo individual sino compartida. Esa certeza ha de permanecer cuando salgamos de casa.

2. Necesitamos una red de amor. En la intemperie sólo se sale adelante sostenido por una red afectiva sólida. Puede que podamos abrazarnos o no. Puede que las formas de hacer las cosas cambien. Pero hoy más que nunca la certeza es que necesitamos una red. Si la tenemos, hemos de cultivarla y si no la tenemos, construirla. Pero cuando salgamos de casa, éste debe ser uno de nuestros objetivos vitales, así como tratar de enseñar a nuestros hijos e hijas a priorizarlo en la toma de decisiones.

3. No existe la permanencia sino la provisionalidad. Necesitamos aprender a vivir y enseñar a nuestros hijos e hijas a vivir sosteniendo el cambio constante. Y también a vivir ligeros de equipaje. Habrá nuevos confinamientos y más crisis. Habrá cambios de trabajo, de casa, de vida. Algo muy dentro ha cambiado para mí en este sentido. No podemos perseguir la estabilidad como meta, ni aferrarnos a los objetos, a los lugares o las tradiciones. Porque me temo que nos va a tocar vivir en un cambio permanente. Un cambio que siempre ocurría, pero que no era tan visible ni consciente como ahora.

4. Y por éso, como diría Benedetti, hay que «defender la alegría«. Hacerlo en nuestras casas, en los balcones, en los paseos. Sonreír a quienes nos crucemos, aunque no podamos tocarles. Mirar de frente sin esquivar la mirada. Tener detalles que permitan que nuestros hijos e hijas incorporen la trascendencia como mecanismo de resiliencia. Que aprendan a estar para los otros, porque saliendo de sí mismos podrán encontrar la fuerza para vencer el miedo. Celebrar la vida, el simple hecho de estar vivos y vivas aquí y ahora. Celebrar las pequeñas cosas porque las celebraciones crean consciencia. Honrar también el dolor de quienes sufren dándole el lugar que merece. No hablo de la alegría inocente o ingenua, hablo de la alegría resiliente, la que parte de la certeza del dolor compartido.

Y, a partir de ahí, ser capaces de comprender que decirles cosas como «no sé», «no tengo ni idea», «iremos poco a poco«… nos va a volver más fiables por reales y congruentes. Y al ser más fiables, les daremos más seguridad que si decimos «todo va bien», «no va a pasar nada» o «no te preocupes«. Ser su refugio no implica ser invencible ni todopoderoso. Se puede ser refugio con miedo mientras permanezcamos unidos y más presentes que nunca.

Un abrazo de corazón a todos y todas,

Pepa Horno

Pepa Horno

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