La verdadera colisión entre el hijo imaginado y el hijo real.

DESEO Y ADOPCIÓN. Con Juan Alonso Casalilla Galán.

Con frecuencia acostumbramos a hablar en adopción de la necesidad de ajustar expectativas, de la distancia del niño real al niño ideal imaginado como si esto fuera una mera operación cognitiva, gracias a la cual los padres podemos “entender” esa distancia y sobreponernos a ella.

Por otra parte, este proceso de ajuste de expectativas se suele restringir a los primeros momentos de la convivencia al proceso de “ajuste inicial” del que hablan los profesionales.

Sin embargo, el hijo ideal, hijo que nos devuelve en espejo una imagen satisfactoria como padres y madres no es una mera construcción equivocada de lo que podría ser una relación, es algo que vive y pervive en nosotros, a veces, de manera permanente. Así a lo largo de la historia de la relación con los hijos pueden darse infinidad de situaciones donde no podamos establecer una relación verdadera y actualizada con ese hijo singular y concreto que supone una renuncia permanente a ese niño ideal que se imaginó.

Difícilmente el niño que vendrá y que reclama como cualquier otro ser humano, un lugar en el mundo, un espacio de pertenencia, una familia con la que sentirse identificado y que le identifique, respetando su origen e historia singulares, encajará en proyectos estrechos, donde las expectativas se convierten en guiones no negociables, en mandatos a cumplir.

En este punto quizás merezca la pena detenerse y aclarar que el ideal, no es el ideal social de ajuste, perfección y ausencia de problemas. El niño ideal se construye hasta con las imperfecciones, pero con las imperfecciones que encajan con nuestras necesidades y capacidades.

La colisión entre hijo imaginado e hijo real tampoco es un acontecimiento propio de los primeros momentos de la relación, es una potencialidad que se puede manifestar a lo largo de toda la historia de la convivencia. En ocasiones esta colisión entre el hijo imaginado y el hijo real se manifiesta de manera más conflictiva durante la adolescencia.

María en una chica de 16 años, adoptada hace más de diez. Su madre, la cual se enfrenta a la maternidad en solitario, refiere que después de tanto tiempo es cuando peor lo está pasando con su hija. Hasta el momento la relación no ha estado exenta de dificultades (integración escolar, problemas de conducta…etc.)  sin embargo, la madre relata con satisfacción cómo han ido superándose las dificultades. Todo podía ir encajándose en lo esperado, incluso las dificultades y problemas se ajustaban a la necesaria imperfección de las relaciones.

Hasta la fecha de alguna manera la relación se fundamentaba en la educación, el cuidado el afecto en el entramado de la mutua compañía.

La llegada a la adolescencia sin embargo plantea escenarios no esperados, María empieza a tener relación con un chico, se despista, baja extraordinariamente su rendimiento escolar y no parece ser sensible al afecto de su madre. Además, aparecen conductas de rebeldía que hacía tiempo que no aparecían. Su madre sospecha con alarma que María pudiera estarmanteniendo relaciones sexuales con el chico.

A los ojos de la madre todo se desmorona, la chica no obedece, es imposible manejar su conducta y surgen conflictos de convivencia muy graves.

La madre consulta con profesionales y sigue escrupulosamente las pautas que éstos le brindan. Lo hace muy bien, sigue siendo esa madre que cuida, ama e intenta educar a su hija…que haga las cosas bien. Incluso, no sin superar ciertas reticencias, habla de sexualidad con su hija, del cuidado que debe tener, de métodos anticonceptivos…etc.

Sin embargo, María no responde, sus conductas son cada vez más hostiles, no responde ninguna pauta ni horario. Las medidas punitivas que intenta la madre no surten ningún efecto.

Al contrario, parece que todo, como una bola de nieve va de mal en peor.  La madre se desespera, se le han agotado los recursos.

Hablando con María vemos a una adolescente que no encuentra una figura que le ayude a descifrar lo que le está ocurrido “por dentro”. Ante ella ha aparecido un mundo nuevo, el deseo por los chicos, la posibilidad de que ella pudiera ser madre también, busca en ella alguien que le enseñe a ser mujer. En su madre no encuentra esto. Encuentra alguien que repite lo que ella ya sabe (lo que se espera de una chica de su edad: estudio, conducta ordenada que la proyecte a un futuro normalizado). En este proceso vuelve sobre sus orígenes y fantasea a una madre biológica que sí hubiera colmado sus anhelos y hubiera sabido orientarla.

Ambas esperan, una de la otra, cosas que no se encuentran… es el momento de la verdadera colisión entre el hijo imaginado y el hijo real.

Es el momento del duelo, de la pérdida. La madre debe de asumir que ese hijo imaginado (construido con tanto en sus virtudes como en sus defectos, acorde a necesidades propias) no existe.

La hija debe de encontrar alguien que la acompañe en un recorrido personal muchas veces desconocido para ambas partes donde muchas veces no se sabe qué hacer.

No queda más que aceptar la muerte de lo que fue y esperar el nacimiento de una nueva relación.

 

 

Esta es una sección dirigida por Juan Alonso Casalilla Galán y que tiene como objetivo dar algunas claves para pensar de otra manera, interrogarnos y reflexionar sobre aspectos generales que están en la base y que son la razón de ser de las relaciones en adopción y acogimiento.

 

Os invitamos a leer los artículos que atesoramos en esta web escritos por Juan Alonso Casalilla además de los anteriores a este artículo de la sección «DESEO Y ADOPCIÓN»

 

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