Condescendencia y límites por Ana Mª Linares Alonso.

Condescender según la RAE significa acomodarse por bondad al gusto y voluntad de alguien. Este gesto, que puede denotar un alto grado de nobleza por parte de la persona que cede, suele conllevar a un elevado nivel de tiranía en contrapartida por quien en consecuencia siempre se sale con la suya.

Esto, llevado a nuestros hijos (adoptados o no) hace que, buscando la evitación de conflicto o símplemente queriendo darle al niño cierta satisfacción generalizada, consigamos crear auténticos déspotas en términos absolutos. Este comportamiento es muy común y frecuente en los adultos que nos sentimos culpables por distintos motivos: porque no pasamos suficiente tiempo con nuestro hijo, porque nos estamos divorciando, porque falta uno de los padres,… por mil razones. En el caso de los niños adoptados es muy fácil caer en esta situación pensando que vienen de una situación conflictiva y por ello debemos compensar una historia de dificultades con miles de concesiones desmedidas e inmerecidas.

Nuestra primera tarea es desestigmatizar a nuestro niño normalizando la situación. Sabemos que ha tenido unos orígenes x (que desconocemos) y que en consecuencia su forma de actuar sea así, pero como cualquier persona ya que nadie puede desligarse nunca de su historia. Pero lo pasado, pasado está. Ahora mismo tenemos que trabajar mirando al futuro y educando a nuestro hijo para que sea un adulto autosuficiente e independiente perfectamente integrado en una sociedad y por ello no podemos tratar de justificar cada uno de sus comportamientos inapropiados con sus experiencias pasadas ya que como adulto en ningún trabajo, por ejemplo, le van a permitir llegar tarde, incumplir con sus tareas,… por haber sido un niño adoptado. Nuestro trabajo no es protegerle de las cosas dolorosas, si no acompañarle en la tarea de afrontarlas y superarlas por sí mismo.

Nuestro hijo, como todos los niños, necesita normas y límites y es probable que hasta en mayor medida puesto que hay que entender que sacamos al menor de un ambiente para introducirlo en otro cuyo funcionamiento desconoce. Por ello, el que existan desde el primer día unos límites claros y firmes, aunque de primeras genere conflicto y revueltas en casa, a la larga va a permitir que el niño gane confianza y seguridad en su nueva familia y en sí mismo porque es conocedor de lo que funciona y de lo que no. Además, los límites y los castigos consecuentes permiten hacer saber al niño que le queremos y nos preocupamos por él; que no todo lo que hace nos da igual. Debe quedar claro que es muy probable que, en repetidas ocasiones tense la cuerda más de lo esperado para sopesar hasta dónde estamos dispuestos a llegar (como cualquier niño) y es tarea nuestra mantenernos estoicos ante el pulso afianzando nuestra incondicionalidad hacia él.


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