EL DESAFÍO QUE SUPONE LA CRIANZA. José Luis Gonzalo Marrodán.

Voy a hacerle, querido lector, una invitación: imagínese que es un bebé, en una cuna. Imagínese la carita de un precioso bebé, ávido de ver una cara humana para empezar a interactuar e ir aprendiendo sobre sí mismo, sus emociones y las de los demás. Un bebé que necesita alimentarse, jugar, afecto y, sobre todo, un adulto que permanezca a su lado y le dé seguridad, y que le enseñe a calmarse cuando está excitado, incómodo, molesto o angustiado. Imagínese que el bebé llora y llora y llora… necesitado de la presencia de un adulto a su lado que le dé tranquilidad…, pero nadie acude. El infante se queda solo viendo durante gran parte del tiempo un techo en blanco. Para lidiar contra la depresión que le produce la ausencia del cuidador lo único que le queda, como defensa ante la angustia del vacío, es desconectarse de sí mismo y del entorno ( Bolwby, 1989). Esta primera lección sobre el mundo exterior se quedará grabada en su cerebro y posteriormente la podrá utilizar en condiciones de estrés que inconscientemente le conecten con esa angustia.

Imagine ahora, querido lector, un/a niño/a que crece en un hogar donde los cuidadores, sus padres, ora le maltratan ora le abandonan. Las mismas personas de las que depende para que satisfagan sus necesidades, son las mismas que le atacan, le agreden física y verbalmente y le dejan desconsolado y nunca se ponen en su piel y recogen su sentir (Liotti, 2012; Siegel 2007). ¿Qué haría usted? No podría pararse a pensar, desde luego. No aprendería a usar su cerebro cortical, de nada le serviría. La alta intensidad emocional de la respuesta a estrés se lo impediría (Ogden y Fisher, 2016). Dudaría entre huir -cuando pudiera- o irse mentalmente a otro sitio. Activaría todo un sistema de “defensas animales”, movilizadoras cuando lo precisara, o inmovilizadoras cuando el sistema nervioso así reaccionara porque es lo mejor para sobrevivir (Ogden y Fisher, 2016). Otras experiencias que nos conectan con los demás como los besos, los abrazos, las caricias, las palabras bonitas… serían como un idioma desconocido para usted. Sería un tipo de lenguaje desconocido -e incluso del que desconfiaría- que no estaría impreso en las redes neurales de su cerebro, al no haberlo vivido. Y así trataría usted de sobrevivir durante sus primeros años de vida, hasta que, cuando llega a los 7, por primera vez, unos señores le adoptan y le dicen que a partir de ahora vivirá con ellos y que le cuidarán. Serán sus padres. ¿Cómo se sentiría? ¿Podría confiar de inmediato en el género humano, como si nada hubiera pasado antes? ¿Se sentiría seguro con esas personas con las que debe de empezar a construir un vínculo seguro o desconfiaría de ellas? Creo que la respuesta es no, ¿verdad? Que todo llevaría un tiempo y buenas dosis de trabajo, paciencia y perseverancia. No es imposible, ni mucho menos, pero requiere una ardua labor de parentalidad competente (Barudy y Dantagnan, 2010).

Pues bien. Esta es la realidad de un tanto por ciento bastante significativo de niños y niñas provenientes de adopción internacional. O sufrieron abandono en un orfanato donde la posibilidad de vincularse con una figura adulta era casi imposible, porque no tuvieron la oportunidad de crear un lazo afectivo y duradero con dicha figura que permaneciera en sus vidas (detachment=desconexión, Bolwby, 1989). O sufrieron maltrato físico y psicológico dentro de una relación vincular en la cual un adulto perturbó severamente la relación de confianza y seguridad que todo niño y niña debe de experimentar. Algunos niños/as de adopción nacional también han sufrido abandono y maltrato en sus familias de origen. Nos encontramos con chicos/as que han padecido trauma complejo y que presentan alteraciones en el apego, siendo el más frecuente el apego desorganizado (Solomon y George, 2011).

La ciencia ha avanzado mucho en la última década. La psicología y la neurobiología han conseguido demostrar mediante la investigación que estás primeras relaciones bebé-cuidador, si son seguras, afectuosas y estimuladoras del desarrollo contribuyen poderosamente a crear un cerebro organizado. Sin embargo, y por desgracia, son numerosos los estudios científicos que han probado lo contrario: que el maltrato y el abandono dañan el cerebro de los niños y niñas (Benito, 2020; Teicher y otros, 2016).

Además, la ciencia también ha averiguado que lo que se aprende tempranamente no se olvida. La frase de que siendo bebé no te enteras, no es cierta porque los seres humanos registran los sucesos en una memoria llamada implícita (Van der Kolk, 2017) que contiene los recuerdos de olores, sabores, sensaciones del cuerpo, emociones… Es como cuando olemos un perfume en el ambiente y no sabemos identificarlo, ponerle nombre… Pero reconocemos la sensación, nos llena, nos es familiar… Sabemos que alguna vez lo hemos vivido pero no conseguimos recordar cuándo y dónde. Así es la memoria emocional: empuja a las personas a repetir ciertos contenidos, pero los recordamos llevándolos a la acción (Wallin, 2012). La frase de Freud (citada por Wallin, 2012) cuando en sus comienzos se sintió atraído por las experiencias traumáticas de la infancia, “el paciente no recuerda nada de lo reprimido, lo reproduce no en forma de recuerdo sino de acción”, está más vigente que nunca. Y si lo vivido ha tenido mucho valor para la supervivencia, se registra fuertemente en nuestra memoria. A nadie nos trasplantan el cerebro y con ello nos quitan los malos recuerdos. El cerebro “organizado por traumas” (Barudy, 2021) se las va componiendo como puede. Nuestro cerebro es el mismo para toda la vida. Y, además, tampoco sabemos si sería positivo borrar dichos recuerdos, porque estos también contribuyen a conformar nuestra identidad. Aspiramos a que los recuerdos de las experiencias adversas que las víctimas sufrieron puedan formar parte de ellas sin que les perturbe la vida en exceso. Para ello trabajamos en psicoterapia especializada, para ayudar a los pacientes a recolocar los recuerdos traumáticos en el pasado y que puedan transformarlos en una experiencia no abrumadora y que forme parte de ellos/as de manera resiliente.

Cuando estos y estas niños y niñas adoptados y adoptadas llegan a sus nuevos hogares y a sus nuevas familias (con los y las que serán sus padres y sus madres), es como si se encontraran, para poder entenderlo, con un edificio que aparentemente está bien pero que tiene sus cimientos (esas experiencias de malos tratos cuyo estrés permanente ha alterado funcionalmente el cerebro de los niños y niñas) afectados en mayor o menor medida. A veces, puede parecer que son como los demás, porque las heridas son invisibles. Si tuviera la cara llena de moratones y el cuerpo cosido de cicatrices, o si tuviera algún hándicap físico o sensorial, no nos costaría tanto darnos cuenta de que presentan necesidades específicas. Sabríamos cómo curarlas. Pero las heridas del alma son mucho más complejas y duraderas y necesitan de otras personas, como decía Bolwby, más “fuertes y sabias” para sanar. Por ello, Jorge Barudy, psiquiatra experto en neurobiología del trauma, comprometido con la infancia, denominó a los niños y niñas maltratados/as con la expresión «el dolor invisible de la infancia» (Barudy, 1998)

Estos/as niños y niñas tienen, por los traumas complejos psicológicos que vivieron, muchas dificultades, en general, para regular sus emociones e impulsos; para confiar en los demás; para experimentar seguridad; para mantener sus propósitos y ejecutar funciones (ordenar, planificar y secuenciar sus acciones); para aprender (cuando el cerebro está tan ocupado para sobrevivir desde tan temprana edad, toda la energía se pone al servicio de dicha supervivencia; el desarrollo se detiene y las capacidades mentales superiores no se despliegan; su CI -cociente intelectual- puede ser más bajo pero no reflejaría su verdadero potencial porque el desarrollo cognitivo estaría bloqueado por efecto del trauma); y para establecer relaciones sociales sanas y constructivas (o son muy inhibidos o al contrario, se vuelven disruptivos, esto es rompen las dinámicas y reglas sociales invadiendo a los otros/as y sus derechos). Es evidente que esto es un retrato general de los problemas que afectan a estos chicos/as y que hemos de evaluar cada niño y cada niña y en qué áreas y en qué medida, están afectadas (Dantagnan y Gonzalo 2021; Gonzalo 2015; Gonzalo y Martínez, 2021)

Los padres y las madres (sobre todo estas últimas, reconozcámoslo, pues creo que el peso de la crianza recae principalmente en ellas) se encuentran con la ingente tarea educativa de criar a estos niños y niñas. Son sus padres y madres. Pero al principio, lo son solo de palabra. No es la biología lo que nos convierte en padres y madres, es la capacidad de empatía que tengamos y que hayamos desarrollado una representación mental con respecto a nuestra historia de apego que sea “imperfecta pero aún segura” (Ogden y Fisher, 2016).

El vínculo de apego niño/a-cuidador tiene un periodo más sensible de afianzamiento durante los tres primeros años de vida. Estos papás y mamás reciben a sus hijos/as en su hogar -con todo el cariño del mundo y habiéndose preparado, ojalá también con una revisión de su propia historia de apego y de crianza- cuando tienen dos, tres, cuatro o más años de vida y ya cuentan con una historia de vínculos pasados representada en su mente de naturaleza insegura y/o desorganizada. Los padres y madres tienen, por lo tanto, la ardua y compleja tarea de vincular con estos/as chicos/as (no lo olvidemos, desconfiados del vínculo o sin saber qué es eso de sentirse unido a alguien) y de generar confianza y seguridad. Tienen que aprender, entre otras muchas cosas, a ayudarles con el desafío de afrontar la escuela, a hacer amigos/as, manejar sus a veces grandes dificultades para hacer los deberes, a tratar de enseñarles a modular sus deseos y sus impulsos, su excitación, a aplacar su dolor por nefastos recuerdos que no viven como recuerdos sino como realidades que sucedieran de nuevo (la sensación de poder ser nuevamente dañados, abandonados, rechazados… la tienen grabada a fuego, es como una marca de nacimiento en la piel que es difícil de quitar, aunque no imposible, ni mucho menos) En fin, son grandes los desafíos que han de afrontar las familias y los niños/as, desafíos que son como una carrera de fondo con obstáculos: larga, agotadora, desesperante, gratificante a veces… Carrera que dura muchos años, pues hace falta trabajo, paciencia y perseverancia para poder ayudar a sanar a estos niños y niñas. Y los obstáculos los pone la sociedad cuando es racista, con estereotipos sobre la adopción, con la sacralización del origen biológico (padre y madre son quienes tienen competencia para cuidar y no los progenitores) que pone en cuestión que sean hijos e hijas «verdaderos» o «propios», cuando minimiza su sufrimiento por el trauma… Todo esto añade aún más dolor para todos/as y sobrecarga añadidas a su crianza, para mí mucho más compleja que cualquier otra.

¿Debemos dejarles solos en esta tarea? No podemos ni debemos, porque se necesita una tribu para sacar adelante a un niño/a, dicho africano que se hace completamente cierto en el caso de los niños y las niñas adoptados y adoptadas con historia traumática. Recuperarse de un trauma es cuestión de una “poderosa red de relaciones” (Perry y Szalavitz, 2017). Siguiendo con la metáfora del edificio, los padres y las madres no pueden reparar los cimientos del edificio y apuntalarlo a la vez ellos y ellas por sí solos/as. Necesitan la ayuda de un “entorno social afectivo y solidario con los/as niños y niñas”(Barudy, 2021) que no lo olvidemos, han soportado lo indecible y su infancia temprana les fue arrebatada.

Hay un concepto denominado resiliencia (Cyrulnik, 2003). Quizá hayas oído hablar de él. Es un fenómeno que siempre existió pero al que nadie le puso nombre. Es la capacidad de los seres humanos para recuperarse y transformarse tras un trauma. Las personas son más fuertes de lo que se pensaba y tras adversidades o traumas psíquicos, pueden recuperar el equilibro psicológico e incluso desarrollar capacidades y cualidades insospechadas. Muchas veces, los profesionales que hemos trabajado con niños o niñas que han vivido terribles sucesos (maltratos y abusos graves) nos sorprendemos de que a pesar de todo, estén psicológicamente mejor de lo que pensábamos. Pero, ¡ojo! No quiero engañar a nadie. Esa resiliencia de supermercado de libro de autoayuda barato no es lo nuestro. Ayudar a un niño o niña víctima de malos tratos y con traumas a desarrollar esa capacidad de retomar un buen desarrollo, de rehacerse de sus heridas psicológicas, es posible pero requiere siempre de que les proveamos de recursos externos. Los mejores recursos (e imprescindibles) son los otros significativos que conforman la red socioafectiva del chico/a: los abuelos, los tíos, los amigos de los padres, los padrinos y madrinas, los monitores y educadores deportivos, los psicoterapeutas, los psiquiatras y los docentes, que pasan mucho tiempo con los niños/as y son referentes significativos en la vida de ellos y ellas. La resiliencia difícilmente puede brotar en soledad (Barudy, 2016). Todas estas personas y profesionales van a ayudar a que los cimientos puedan repararse lo mejor posible y van a contribuir a sujetar el edificio para que no se caiga. La resiliencia es una “construcción social” (Barudy, 2021), lo cual quiere decir que todas las personas necesitamos apoyarnos en los demás en algún momento de la vida, sobre todo cuando pasamos por crisis, tragedias o adversidades. De las personas extraemos la energía y los recursos que necesitamos para reponernos y seguir hacia adelante. Con los y las niños y niñas adoptados y adoptadas sucede lo mismo: de los adultos significativos que los sostienen obtendrán los recursos que necesitan para sanar y recuperarse de sus heridas psíquicas tempranas. Pero lleva tiempo, paciencia, muchas dosis de cariño y firmeza, perseverancia y permanencia (estar al lado de ellos y acompañarlos). En este proceso, los padres y las madres pueden desgastarse y sufrir ellos mismos las consecuencias del desgaste del ejercicio de una parentalidad terapéutica (Dantagnan y Gonzalo, 2021) sostenida en el tiempo. No hay que olvidar que los niños y las niñas con heridas en el apego rechazan, por su desconfianza de base y sus defensas psicológicas, justamente lo que necesitan para sanar de dichas heridas: relaciones reparadoras. Rechazan e incluso atacan a las personas que buscan ayudarles de una manera bienintencionada. Esto desespera a los padres y madres adoptivos que se sienten atacados por sus propios hijos… Si esto se interpreta como una cuestión sólo de disciplina y normas y límites y no se conceptualiza como alteraciones emocionales y de conducta producto de un trauma -reflejo del daño provocado por el maltrato, el abandono o el abuso tempranos-, la probabilidad de entrar en una dinámica familiar maltratante y rechazante es alta, pues se altera la capacidad mentalizadora (Fonagy y otros, 2002) de los padres y madres. Por ello, es muy importante darles un espacio propio de trabajo y apoyo especializado a los padres y madres, a través de los talleres, los grupos de autoayuda y los espacios terapéuticos centrados en su cuidado y en hacer equipo con el profesional para que puedan ejercer su dura, pero muchas veces gratificante crianza.

El capítulo titulado «Otro tipo de padres» del libro “Compartiendo lo aprendido. Desechando los prejuicios sobre adopción y acogimiento” (Moya y Titos, 2017), al que pertenece la mayor parte de esta introducción, quiere hacernos precisamente conscientes a todos/as y en especial a los profesores y profesoras, a los maestros y las maestras, del desafío que supone la crianza de estos niños/as. Para que los profesionales de la enseñanza empaticen con ellos/as y sus padres y madres; y traten de conocer con respeto y afecto sus historias personales, pues esto propiciará un cambio de mirada en el maestro o la maestra que ha de enseñar a un niño/a que sufrió adversidad temprana. Así, el profesional escolar priorizará que el niño/a pueda primero sentirse seguro y cuidado en su escuela, por su maestra y por sus compañeros/as, para luego poder abrirse a la exploración, que eso supone en buena medida aprender.

Las madres autoras quieren concienciar al profesional de la enseñanza para que cambie su mirada sobre el niño/a (otro requisito para que un menor pueda hacer un proceso resiliente es modificar el marco desde el cual nos explicamos el por qué los niños y las niñas se comportan del modo en el que lo hacen) y en estrecha colaboración con ellas (y con otros profesionales que trabajan con los chicos/as) lograr que comprendan que sus dificultades de aprendizaje y en ocasiones de regulación de la conducta (incluso los problemas de comportamiento de los niños y las niñas son expresión del nivel de daño que padecieron, aunque cueste mucho verlo así y la tentación sea etiquetar al chico o chica como rebelde o insurrecto/a) se asocian con el maltrato, la negligencia, el abandono o el abuso sexual temprano que sufrieron. No son responsables de que les dañaran. No hablamos de todo esto para justificar sus conductas negativas, sino para comprenderles, ayudarles y tratarles como personas. Así los profesores podrán enseñarles y reeducarles (con la colaboración de la familia y de otros profesionales) en un modelo de buen trato (Barudy y Dantagnan, 2005) fundamentado en crear una buena relación con el chico/a, afectiva, con límites claros y predecibles, con una exigencia académica adecuada a sus posibilidades, y siendo la “autoridad calmada” (Dantagnan, 2021) que cada niño/a necesita, enseñándole a ser empático y a reparar sus acciones, con consecuencias que realmente le enseñen y evitando pautas educativas basadas en la expulsión reiterada, la lucha de poder y los castigos. Un estrecho contacto con el niño/a, siendo el tutor/a esa figura adulta segura para este/a, dedicándole tiempo al día para valorar cómo van los objetivos de aprendizaje y de conducta y actitudes que se hayan convenido, será una de las mejores maneras de acompañarle.

«Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo», decía Arquímedes, inventor de la palanca. Esa es la frase que Gemma Puig y José Luis Rubio (2011), psicólogos, utilizan para entender cómo ayudar a las personas a recobrarse de las adversidades de la vida. La frase tiene todo el sentido si pensamos en los niños y las niñas adoptados y adoptadas que han sufrido trauma temprano: démosles puntos de apoyo y transformarán su mundo.

Para terminar, creo que las escuelas más demandadas por los padres y madres serán las que se denominen “escuela sensible al trauma”. Vivimos en un mundo que cada vez ha de afrontar mayores desafíos. Las crisis económicas, el drama de la inmigración (con miles de refugiados sin nombre y sin ayuda, solos, a su suerte), fenómenos de salud mundial que nos han sorprendido, como la reciente pandemia por COVID 19, la amenaza del cambio climático que alterará las condiciones de vida en el planeta, el aumento de la violencia, las cifras cada vez más altas de niños/as afectados/as por problemas de salud mental… van a exigir que los seres humanos tendamos redes de afecto, apoyo y solidaridad entre nosotros/as, donde aprender sea una “cuestión tribal” (Cozolino, 2019), como lo fue antaño. Los niños/as necesitarán de entornos escolares donde los profesionales y la institución velen por el bienestar y el apoyo integral a los niños/as, porque cada vez estos y estas y sus padres/madres (o cuidadores) estarán más expuestos y vulnerables a diversos tipos de traumas y precisarán de una escuela sensible y capaz de dar una respuesta global a las necesidades que emergerán. Estamos en transición a una nueva era que dejará atrás el periclitado modelo de escuela tradicional que surgió en el contexto de la Primera Revolución Industrial (Cozolino, 2019). Para saber más sobre las escuelas sensibles al trauma, se puede leer este artículo: http://www.buenostratos.com/2021/03/escuelas-sensibles-al-trauma.html

REFERENCIAS

Barudy, J. (1998). El dolor invisible de la infancia. Una lectura ecosistémica del maltrato infantil. Madrid: Paidós.

Barudy J., Dantagnan, M. (2005). Los buenos tratos a la infancia. Parentalidad, apego y resiliencia. Barcelona: Gedisa.

Barudy, J. (2016).Tiempos de resiliencia. El País, 27 de marzo. https://elpais.com/elpais/2016/03/22/actualidad/1458660245_345067.html

Barudy, J., Dantagnan, M. (2010). Los desafíos invisibles de ser madre o padre. Manual de evaluación de las competencias y la resiliencia parental. Barcelona: Gedisa.

Barudy, J. (2020). El florecimiento resiliente después de los traumas. Los fundamentos de la resiliencia infanto-juvenil. Madrid: El Hilo ediciones.

Bowlby, J. (1989). Una base segura: aplicaciones clínicas de la teoría del apego. Barcelona: Paidos Ibérica.

Benito, R. (2020).La regulación emocional. Bases neurobiológicas y desarrollo en la infancia y adolescencia. Madrid: El Hilo Ediciones.

Cozolino, L., Pons, F. (2019). La enseñanza basada en el apego. Crear un aula tribal. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Cyrulnik, B. (2003). El murmullo de los fantasmas. Barcelona: Gedisa.

Dantagnan, M. (Comunicación personal, 1 de octubre de 2021)

Dantagnan, M. y Gonzalo, J.L. (2021). La aplicación de la traumaterapia infanto juvenil sistémica a la parentalidad adoptiva. En Parentalidad y teoría del apego. Volumen 1. Aspectos teóricos, roles y funciones. (pp. 261-277) Madrid: Psimática.

Fonagy, P. Gergely., Jurist, E., Target, M. (2002). Affect regulation, mentalization, and the development of the self.NY: OtherPress.

Gonzalo, J.L. (2015). Vincúlate. Relaciones reparadoras del vínculo de apego en menores adoptados y acogidos. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Liotti, G. (2012). Trauma, apegos y EMDR. Powerpoint presentado en la Conferencia EMDR. Documento no publicado. Madrid, 2012.

Martínez Vázquez, C., y Gonzalo Marrodán J. L. (2021). Tutores de resiliencia y adopción. Una propuesta desde el modelo de Traumaterapia sistémica infanto-juvenil de Barudy y Dantagnan. DEDiCA Revista De Educação E Humanidades (dreh), (18), 25-44. [https://doi.org/10.30827/dreh.vi18.21004].

Moya, M y Titos, M. (2017). Compartiendo lo aprendido. Desechando los prejuicios sobre adopción y acogimiento. Asociación Punto de Encuentro.

Ogden, P., Fisher, J. (2016). Psicoterapia sensorio-motriz. Intervenciones para el trauma y el apego. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Perry, B., Szalavitz, M. (2017). El chico al que criaron como perro y otras historias del cuaderno de un psiquiatra infantil. Madrid: Capitán Swing Libros.

Puig, G. y Rubio, J.L. (2011). Manual de resiliencia aplicada. Barcelona: Gedisa.

Siegel, D. (2007). La mente en desarrollo. Cómo interactúan las relaciones y el cerebro para modelar nuestro ser.Bilbao: Desclée de Brouwer.

Solomon, J. & George, C. (2011). Disorganized attachment and caregiving. New York: Guilford Press.

Teicher, M., Samson, J., Anderson, C., Ohashi, K. (2016). The effects of childhood maltreatment on brain structure, function and connectivity. NatureReviewsNeuroscience, 17, 652–666.

Van der Kolk, B. (2017). El cuerpo lleva la cuenta. Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma. Barcelona: Eleftheria.

Wallin, D. (2012). El apego en psicoterapia. Bilbao: Desclée de Brouwer.

 

 

Del libro Compartiendo lo aprendido, desechando los prejuicios sobre adopción y acogimientoIntroducción al capítulo: Otro tipo de padres por José Luis Gonzalo Marrodán. Psicólogo clínico. Especialista en psicoterapia por la FEAP

 

 

Related Posts

Leave A Comment

You must be logged in to post a comment.