Empezar el cole cada año es una lotería. Por María Martín Titos y Mercedes Moya.

La base para que fuera posible otro tipo de escuela es la voluntad, no sólo de los docentes, que os contemplo prisioneros de un sistema que os obliga a labores administrativas que os ocupa miles de horas. Un tiempo que podría ser precioso para hacer lo que verdaderamente os gusta, enseñar.

Las pocas horas que con tanto papeleo podéis dedicar a vuestros alumnos y alumnas parecen insuficientes para poder construir esa mágica relación con esos niños y niñas, profundizar en sus necesidades más allá de la propia asignatura que impartís, sentir esa mágica conexión, esa química que puede hacer tanto bien en la vida de un niño o una niña y cambiar sus expectativas sobre una materia y hasta sobre la vida. Sois su adulto de referencia en la escuela, en el instituto. Sois quien puede marcarles para bien o para mal. ¿Quién no recuerda aquel maestro/a o profesor/a con el que conectó de una manera especial, o quien ha olvidado a aquello aquella que le hizo la vida imposible y cuya asignatura creyó que no aprobaría nunca?

Sé que sois los más presionados, por nosotros los padres, por la administración, por el centro, que a cambio no os ofrece el material, las herramientas o los medios suficientes para empeñar vuestra labor. El agobio de esas clases con esas ratios imposibles, con niños con NEE de las que poco sabéis. Por no hablar de los que están diagnosticados y sin contar con los que no lo están. Me imagino vuestras frustraciones en ese sentido sumadas a los conflictos personales y problemas familiares que todos, en mayor o menor medida tenemos.

Porque vuestro trabajo no es un trabajo cualquiera, ni vuestra responsabilidad tampoco. Esa responsabilidad y presión son enormes, porque cada familia os vigila desde cerca y os exige que conozcáis y tratéis de manera singular y personalizada a cada niño, a cada niña, en cada clase.

La educación es cosa de todos. Trabajemos en equipo.

Para mí la profesión más importante que existe por encima de todas las demás es la de docente y creo que no está valorada como se merece. Mi hijo ha tenido grandes docentes a los que hoy día les debemos mucho. Pero nos ha tocado de todo, y lo digo así, porque cada año es como una lotería. Dependemos de la suerte del docente que  nos toque, y de eso depende el desarrollo de la paz y armonía familiar durante todo el año. Las familias con hijos que se salen de la norma, ya sea por arriba o por abajo, vivimos siempre con el temor a que llegue el quince de septiembre y nos toque, -o no- el gordo de la lotería.

Es penoso también pensar que la falta de medios en los centros educativos lleve a no establecer las actuaciones necesarias para ayudar a los niños o niñas que lo necesiten.

Un solo orientador para todo un colegio, clases de refuerzo insuficientes y no especializadas que podrían ser un recurso útil, pero en las que no se hace nada distinto al aula ordinaria, sino que se hacen las mismas actividades con los mismos libros pero con menos alumnos. Son muchas cosas las que podríamos añadir a esta lista.

En las escuelas se crea vida, se moldea a los niños y niñas que son nuestro futuro. Hay que valorar muy bien esta profesión y dotarla de las ayudas necesarias para poder llevar a cabo vuestro maravilloso trabajo. Los padres también debemos aprender que la figura del docente es una de las más importantes para la vida de nuestro hijo, ya que sois un gran referente para él. Por eso el docente y los padres han de formar un equipo para conseguir lo mejor del niño. Porque el mal entendimiento afecta al niño por encima de todas las cosas. Tenemos que hacer todo lo posible por formar esa unión. Debemos ponernos en tu piel y comprender que te enfrentas a clases con muchos alumnos, con distintas necesidades, y que tenemos que ayudarte.

Trabajando juntos, creando esas sinergias, el conjunto humano que compone la escuela puede hacer posible otro tipo de escuela.

 

Extracto del libro Compartiendo lo aprendido. Desechando los prejuicios sobre adopción y acogimiento. De María Martín Titos y Mercedes Moya Herrero.

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