LA MADRE DE TODAS LAS BATALLAS, LA AMENAZA

El desencadenante del mosqueo de su hijo es la percepción de estar amenazado. La amenaza no tiene por qué ser real, puede ser también imaginada; de hecho el profesor pudo equivocarse en la fecha de entrega de ese trabajo, o bien ese día su hijo la anotó erradamente. Sea como fuere, se desató la cólera de forma inmediata al creer que la advertencia del docente era algo personal.
En este caso el chico es incapaz de reflexionar, sus respuestas son impulsivas. Enojado, no atenderá a razones. El cuerpo se tensa y se predispone a la lucha.

No es de extrañar que la entrada en casa sea, cuando menos, desagradable. Con gesto arisco, no tendrá ganas de hablar, probablemente ni de comer. Interpretará cualquier actitud como hostil y responderá de manera esquiva a cualquier comentario que usted le haga.
La respuesta de lucha o huida está inscrita en nuestros genes. Cuando nos sentimos amenazados, respondemos de una de las dos maneras. Fisiológicamente nuestro organismo también se dispone a luchar o huir. La presión sanguínea, la respiración, el ritmo cardíaco, la sudoración y la tensión muscular se adecuan a la situación. ¿No recuerda qué le pasó aquel día que discutió con su vecino por los ladridos del perro que no le dejaban dormir?

 

Controlando la amenaza

A medida que el adolescente se va calentando, es menos probable que surja algún comportamiento mitigador de su enfado. Dicho otra manera, si en los primeros momentos no somos capaces de parar nuestros pensamientos negativos, nos enfrentamos a una reacción en cadena de imprevisibles consecuencias.

Por eso es clave intervenir sobre el primer pensamiento negativo nos asalte. En el ejemplo anterior, si el chico hubiese interpretado el comentario del profesor de la siguiente manera: «puede que me haya equivocado al anotar la fecha de entrega del trabajoso bien: «con tantos alumnos seguramente se ha equivocado al referirse a mí», el cabreo no se habría disparado.

Esta forma de ver las cosas propicia el entendimiento ente las partes. El profesor puede que no acepte la entrega del trabajo otro día, pero es seguro que escuchará al muchacho y considerará la posibilidad del propio error.

El modo más común de afrontar una situación de enfado es distanciarse del problema. Dar un paseo, ir al cine o leer una revista favorece el paso del tiempo y ayuda a las personas a calmarse, Desafortunadamente nuestro protagonista no tiene esa posibilidad, pues ha de seguir pegado a la silla atento a lo que se explica en clase.

Otra manera de aplacar nuestro excitado organismo es mediante la relajación. Respirar profundamente o realizar ejercidos de tensión-distensión muscular son magníficas herramientas para paliar estados de ánimo elevados. Como en el caso anterior, en el aula es difícil poner en práctica estas técnicas.

En definitiva, acaba la jornada escolar, el muchacho vuelve a su casa, por el camino va dándole vueltas a lo ocurrido en las clases y lejos de aplacar su enfado, su actitud es más huraña. ¿Qué puede pasar?

En buena medida lo que va a acontecer tiene mucho que ver con. La actitud que usted manifieste.

SERÉNESE Y SU HIJO SE SERENARÁ

De una manera u otra, si su hijo llega exaltado a a casa, no intente le diga nada o le hable. Al verle preocupado, la tendencia natural es preguntar qué ha pasado, es lógico, pero, más allá de la pregunta inicial, usted debe mantener la calma. Adopte una posición de tranquilidad: al ver su estado de paz, poco a poco el chico se irá calmando.

Si usted se excita al ver a su hijo excitado, solo conseguirá aumentar su desasosiego. Un error común es presionar para que el chico cuente inmediatamente lo que le ha pasado. Evite las preguntas sobre lo que ha podido ocurrir, simplemente espere. El organismo necesita su tiempo para estabilizarse después de un episodio de estrés.
De alguna manera, el muchacho está secuestrado emocionalmente. Preso de sus emociones, es incapaz de responder de una manera racional. Deje pasar un tiempo prudencial antes de retomar conversación sobre lo que pudo o no pudo pasar.

En ocasiones la cadena de pensamientos negativos que trastorna emocionalmente al adolescente es muy potente, y pese al transcurso de las horas, el enfado persiste. En estos casos sólo queda intentar anular su excitación fisiológica.
Se trata de buscar una respuesta incompatible con el nerviosismo. Cualquier ejercicio físico favorece la progresiva desaparición la excitación. ¿Cuántas veces hemos salido a la calle simplemente para evitar comernos el coco?

De hecho en estas edades es muy recomendable algún tipo de actividad física, puesto que los adolescentes viven en un constante vaivén emocional. La práctica de algún deporte dos o tres veces por tiene beneficios evidentes, no sólo físicos.

Lo ideal es el ejercicio físico, pero si, por cualquier circunstancia, fuera posible, entonces habrá que recurrir a algún tipo de distractor más casero. Simplemente sentarse en el sofá y ver algún reportaje en la televisión, o echar una partida al Monopoly o cualquier otro juego de mesa favorece la progresiva desaparición de los estados de ánimo alterados. La mente se centra en la actividad y el cuerpo va poco a poco relajándose.

Sólo cuando perciba que su hijo se ha serenado será el momento de abordar la situación que le ha producido tensión.

Del libro: Mi hijo no estudia, no ayuda, no obedece 25 reglas para solucionarlo y 7 cuestiones para pensar .J. Amador Delgado Montoto .EDICIONES PIRÁMIDE

 


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