Los factores externos o internos que influyen en el desarrollo intelectual. Mª Luisa Ferrerós

El desarrollo intelectual del niño no funciona solo, sino que forma parte de su desarrollo global. No podemos estimular independientemente sólo esta faceta, puesto que está interrelacionada con el resto de áreas que contribuyen a su formación. Existen, por tanto, una serie de factores que influyen directamente en esta evolución.

El sueño y la alimentación como bases la regeneración cerebral del niño

Para que el niño esté en condiciones de desarrollar toda su capacidad es importante una observancia estricta de sus hábitos de alimentación y sueño. Cuanto más pequeños son, mayor importancia tiene el sueño en su desarrollo.

El sueño tiene cuatro funciones vitales para el ser humano:

1. Función reparadora y descanso fisiológico.
Esta fase suele ser de sueño ligero, cuando el cerebro está descansando y se desconecta del cuerpo, mientras éste regenera todas sus funciones vitales. Es el sueño de supervivencia, el que se lleva a cabo cuando se duermen pocas horas.

2. Sincronización hormonal
Durante la noche se lleva a cabo una puesta a punto de las diferentes secreciones hormonales, responsables del buen funcionamiento de las emociones y los estados de ánimo y que regulan casi todas las funciones involuntarias.

3. Crecimiento
Esta fase, que disminuye a medida que crecen, sólo curre en los más pequeños. Aprovechan el exceso de horas de sueño para generar nuevas células. El proceso de crecimiento va ligado a la hormona del crecimiento GH, que se segrega en las primeras horas de la fase 1 de sueño ligero. Por eso, los niños, hasta la pubertad, necesitan dormir un promedio de 3-4 horas más que los adultos.

4. Activación de la memoria
En la fase de sueño REM, posterior a la profunda y que precede al despertar, el cerebro se activa, mientras el resto del cuerpo entra en atonía muscular. Según los registros electroencefalográficos, la actividad que se detecta en el cerebro en esta fase es idéntica a la que se produce en estado de vigilia. Esta situación paradójica hizo pensar que esta actividad cerebral tenía algún objetivo importante.

Tras numerosos estudios, el doctor I. Morgado, de la Universidad Autónoma de Barcelona, comprobó que en ella se llevaban a cabo estrategias que tenían una incidencia directa en la memoria. Uno de sus experimentos con cobayas de laboratorio nos aporta la información necesaria para comprender su hipótesis: la falta de sueño o un sueño insuficiente y de mala calidad afecta directamente al rendimiento de la memoria, hasta tal punto de no quedar fijados en ella los aprendizajes realizados durante el día.
[…] La conclusión a la que se llegó tras estos experimentos es que, por la noche, en la fase de sueño REM, el cerebro procesa y guarda en su disco duro toda la información almacenada durante el día. Por eso, si te quedas toda la noche sin dormir estudiando, por la mañana puedes quedarte en blanco.

Así que, desde pequeños, han de aprender aquello de: «Noche dormida, lección aprendida.»

Por tanto, está claro que durante la noche se realizan funciones de vital importancia para la vida diaria del niño y cada una de ellas requiere un mínimo de tres o cuatro horas. Si las cuentas no fallan: supone, por lo menos, 11-12 horas de sueño nocturno ininterrumpido a partir de los tres años, momento en que dejan hacer la siesta. Y ¿cómo los ayudamos a que lo consigan? Son muy pocos los que tienen la suerte hoy en de que sus padres Jo tengan claro y promuevan un horario racional para su edad.
¿Qué pasa si no es así? Pues que al dormir menos horas dejan de hacer alguna de las funciones que hemos explicado, según la menor implicación en los procesos vitales. Estamos hablando siempre de los hábitos diarios, no de las excepciones. Si un niño de esta edad duerme dos o tres horas menos cada noche de manera habitual, o se despierta continuamente, el cuerpo se acostumbra a ese ritmo, aunque no lo imponga él, y realiza Jo que se denomina un sueño de supervivencia. Es decir, el cerebro se olvida de guardar en la memoria todo lo que el pequeño ha aprendido durante el día o deja de poner en hora el sistema hormonal. Incluso en casos muy extremos, los niños crecen más despacio porque sólo duermen lo justo para realizar el descanso fisiológico, vital para su supervivencia.

Las consecuencias de este síndrome de falta de sueño crónica en los niños en edad escolar son evidentes: están irritables, no paran quietos, son muy nerviosos, Ies cuesta hacer los deberes, no son capaces de concentrarse, lloran por todo… están inaguantables. Pero lo mismo nos pasaría a los madores si habitualmente durmiésemos menos de lo que necesitamos. A ellos, una noche en blanco Ies afecta tres veces más que a nosotros.
Por eso es necesario poner límite a su actividad diaria y acostarlos cuando toca, y no esperar a que caigan reventados. Sobre todo teniendo muy claro que lo hacemos por su bien: han de aprender también a tolerar pequeñas frustraciones como la que puede suponer perderse su programa favorito o poner punto final a un día agotador. Ellos siempre quieren más.

La alimentación otro factor importante

De igual o mayor importancia es su alimentación, que hay que vigilar para que sea equilibrada y reúna todos los nutrientes, vitaminas y minerales necesarios para favorecer su desarrollo neurológico y mental. Dos de los elementos imprescindibles para un buen rendimiento intelectual son el fósforo y el ácido fólico, que actualmente, y por desgracia, no están muy presentes en la dieta. No perdamos de vista la idea de que, aunque el niño ya pueda comer de todo, los menús infantiles no pueden ser iguales a los de los mayores. Ellos tienen un mayor desgaste y están en período de formación.
Veamos un ejemplo correcto de alimentación infantil:

Dieta de activación mental (a partir de los 2 años)

• Dos vasos de leche diarios.
• Dos huevos a la semana.
• Frutos secos cada día.
• Legumbres dos veces por semana.
• Espinacas (preferentemente) o verduras dos veces por semana.
• Una ración de hígado a la semana.
• Pescado azul tres veces por semana.
• Cereales, pasta o arroz integrales a diario.
• Fruta y carne o pescado a diario.

Pruébalo y verás la diferencia.

 

Del libro: Enséñale a aprender de Mª Luisa Ferrerós. Editorial Booket. Colección Familia

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