Niños con problemas, no problemáticos. Por Mercedes Moya Herrero

No es raro -aunque parezca extraño-, que quienes interactúan con niñas y niños que proceden de los centros de protección de menores, -ya sea que se encuentren en acogimiento residencial, ya sean acogidos por familias acogedoras o colaboradoras, ya sean niños adoptados-, empiezan queriendo ayudar a estos niñas y niños que han tenido un inicio de vida duro, que han sufrido y lo han pasado mal y acaban elaborando sentimientos negativos hacia ellos, terminando por etiquetarlos como problemáticos y siendo injustamente punitivos con ellos. Es muy común, sobre todo sucede con esos niños que a primera vista parece que están bien, que no les pasa nada, niños cuyas habilidades e inteligencia no parecen estar afectadas y sin embargo manifiestan sus heridas internas en sus dificultades de aprendizaje y en sus problemas de conducta. Y si hablamos del entorno escolar, sus maestros o profesores, desconcertados y ajenos a sus dificultades, convierten a la escuela para unos niños que necesitan afección y seguridad, en un lugar hostil y hasta en un campo de batalla devastador.

Es tremendamente injusto porque se trata de niños que han sufrido mucho cuando su personalidad estaba en construcción, y ese sufrimiento les ha dejado heridos. Esas heridas se llaman “Trauma por Adversidad Temprana” (T.A.T.) y en muchas ocasiones son invisibles pero no indetectables y han sucedido en el periodo de tiempo que se denomina infancia temprana y que comprende desde la gestación hasta los cinco años de vida de un ser humano. Una etapa sin duda crucial. En ese tiempo la mayoría de estos niños, por no decir todos, han sufrido la que es la primera causa de Trauma por Adversidad Temprana: el abandono.

El abandono es maltrato

El abandono es un trauma que puede dañar a un niño incluso antes de nacer. Porque un niño no nace y empieza a vivir. Un niño empieza a vivir en el vientre de su madre y si esta no se cuida, no se alimenta o peor aún si toma drogas o alcohol mientras está gestando a su hijo, estas sustancias teratógenas, capaces de traspasar la barrera de la placenta, van a dañar a ese niño que se está desarrollando y, dependiendo de según qué circunstancias, harán que ese daño llegue a ser visible o invisible, leve, grave o muy grave. Tanto que pueden derivar en la vida adulta en una serie de discapacidades secundarias: problemas de salud mental, problemas legales, internamiento en instituciones, conductas sexuales inapropiadas, consumo de sustancias, falta de empleo, situaciones de incapacidad y dependencia. Es el caso de muchos jóvenes diagnosticados con TEAF, que son las siglas de Trastorno del Espectro Alcohólico Fetal, que se conoce desde hace décadas pero es hoy y ahora cuando empiezan a diagnosticarse en niños y jóvenes que parecían no estar afectados porque sus características físicas no lo delatan, pero que manifiestan  síntomas cognitivos o conductuales, -o ambos-, exponiéndose así sus problemas neuronales y de desarrollo producidos por el consumo de alcohol cuando estaba en el vientre de su madre. Y no solo hablamos de hijos de madres alcohólicas del conocido como “cinturón del vodka de los países del Este de Europa”, o de los niños que proceden de Sudamérica. Según el Ministerio de Salud 7 de cada 10 mujeres toman alcohol en el embarazo e incluso una de cada diez es bebedora de riesgo. Hay muchos niños cuyas madres cuando estaban embarazadas tan sólo hicieron lo que se conoce como consumo social, bien por desconocimiento de su estado en los primeros meses, bien porque no conocían el daño que cualquier consumo de alcohol, por pequeño que fuera, podía causar al hijo que portaban en sus entrañas.

¿Pero qué sucede cuando luego de nacer, no son cuidados como necesitan?

Cuando un bebé nace su madre le colma de caricias, de besos, de abrazos, de miradas, le hará sentirse seguro al mismo tiempo que su cerebro irá madurando y desarrollándose con innumerables estímulos, estímulos que les han faltado a la mayoría de los niños que han sido abandonados o han crecido en orfanatos. Sin alguien que les acune, les mime y privados de ese contacto madre-hijo fundamental para su desarrollo físico, psicológico y neurológico, aquellos niños que han sufrido situaciones de abandono y han carecido de esos estímulos, pueden presentar dificultades de aprendizaje, de comportamiento y síntomas de déficit de atención e hiperactividad como consecuencia de la deprivación que sufrieron en su primera infancia.

Imagina un bebé que llora desconsoladamente porque siente hambre, frío o está  asustado y nadie acude en su ayuda. Tal vez porque hay otros veinticinco o treinta niños llorando a la vez. Desbordado por la ansiedad, llora cada vez con más fuerza y nadie se acerca a calmarlo. Para ese bebé sólo e indefenso, la única manera de salir de esta situación que le resulta intolerable es bloquear sus emociones y desconectar de lo que le provoca esa inaguantable angustia. El niño aprende a no confiar ni a esperar nada. Ningún adulto se ha hecho cargo de un modo previsible y permanente de sus necesidades. Por eso se vuelven autosuficientes. Son niños que se auto consuelan o intentan calmarse meciéndose abrazados a sí mismos y que tienen interiorizado que los adultos les han fallado y desconfían de ellos, de nosotros.

Tampoco nadie les ha enseñado a regularse

Todos los niños, tú y yo incluidos, hemos aprendido a regular nuestras emociones y nuestras ansiedades con un patrón muy sencillo:

TENGO UNA NECESIDAD (hambre, sed, frío, gases, etc.)- →ME ATIENDEN, Y ME ATIENDEN BIEN- →LUEGO ME SIENTO SEGURO Y CONFÍO.

Así hemos aprendido a regularnos. La base para un buen desarrollo y para el aprendizaje es la seguridad y la confianza. Pero para los niños de los que estamos hablando, para  los niños que han crecido en una institución no ha sido así en la mayoría de los casos porque lo normal es que un niño con 2, 3, 4 o 5 años haya vivido en una familia que le cuide y le proteja. Pero muchos de estos niños han tenido que aprender a protegerse solos, y muchas veces han tenido que aprender a protegerse de las personas que debían de protegerles. A la gran mayoría de los niños de los que hablamos, los sistemas de protección han tenido que protegerles de las personas que se supone deberían protegerles. Niños no cuidados, maltratados o que han sufrido abusos.

Por definición “el trauma es una situación que va más allá de lo que puede sobrellevar la capacidad de un individuo”. No sabemos lo que esas personitas en construcción han tenido que soportar. Han vivido muchas experiencias que son impensables para los demás niños. Los niños con una crianza normal y adecuada. Y luego han dejado de vivir otras experiencias básicas y normales que les ayudarían a afrontar la vida como nosotros la conocemos. Para muchos niños la vida como nosotros la entendemos, ha empezado a los 2, 4, o 7 años o más y en ese tiempo se han perdido muchas cosas que son necesarias para el conocimiento del nuevo medio en el que tienen que defenderse. Son niños con muchos menos recursos que sus pares porque la lotería de la vida no les hizo con ellos. Que  necesitan que les ayudemos. Que les demos estrategias para desarrollar recursos para afrontar situaciones que les sobrepasan, que se les van de las manos. Porque el abandono también provoca trastornos del desarrollo en el sistema nervioso. Niños que necesitan mucha supervisión de los adultos porque sus funciones ejecutivas, -esas que nos ayudan a gestionarlo todo: desde planificar, organizar, escoger, tomar decisiones o controlar nuestras emociones y nuestra impulsividad-, están alteradas.

Niños que se han subido al tiovivo de la vida normalizada a edades en las que sus compañeros  ya llevan muchos años de delantera. Muchas vueltas de ventaja. Y la frustración, el sentirse perdidos ante una tarea o situación que les desborda o no saben afrontar, les hace que presenten problemas de comportamiento, unos estallan, otros se autolesionan, otros se inhiben, otros disocian…Y es entonces cuando debemos plantearnos: SI ESE NIÑO EN LUGAR DE PORTARSE MAL, LO QUE SUCEDE ES QUE LO ESTÁ PASANDO MAL. ¿Es de verdad UN NIÑO PROBLEMÁTICO O ES UN NIÑO CON PROBLEMAS?

Además todo lo enfrentan solos

Por las noches, escondidos bajo las sábanas el fantasma del trauma les impide descansar. Son los monstruos que guardan en su memoria de forma consciente o no. Monstruos que al cerrar los ojos les hacen temblar cada noche y permanecer hipervigilantes temiendo dormirse por miedo a las pesadillas. Y  por el día en el aula o en el patio son los más vulnerables. En ninguna parte se sienten seguros ni confiados ni van buscar que un adulto les proteja. No olvidemos que han aprendido que los adultos no somos de fiar. Ni les han atendido cuando lo necesitaban, o les han tratado mal o han desaparecido sin dejar rastro y no saben por qué. Les cuesta mucho confiar y ponen a prueba a cualquier adulto que tenga que encargarse de ellos. Pero nos necesitan, necesitan que les enseñemos que pueden darnos una oportunidad, que podemos hacerles sentirse seguros, que no les vamos a fallar. La oportunidad que ellos a su vez necesitan. Necesitan sentir que somos capaces de comprenderles, de interpretar qué hay más allá de sus conductas, que sabemos de sus carencias y entendemos el porqué de sus dificultades. Que somos capaces de entender que sus problemas sociales, de aprendizaje y de comportamiento forman parte de su sufrimiento y que podemos ayudarles a alcanzar todo su potencial.

Los niños y niñas y adolescentes que sufren Trauma por Adversidad Temprana necesitan a alguien que sepa ver por encima del dolor y por debajo de sus carencias y sea capaz de recuperar y sanar al ser humano que se esconde en todo eso. Porque son unos superhéroes que han logrado sobrevivir y que necesitan que alguien les haga creer que de otra forma es posible y que ellos son posibles.

 

 

 

 

 

“Niños con problemas, no problemáticos”  es el artículo publicado en el número 48 de la revista “Testigo de Cargo “ sobre la ponencia “ Adversidad, aprendizaje y comportamiento” que presentó Mercedes Moya en las jornadas sobre “Diversidad y realidad: infancia, adolescencia, familia y escuela” celebradas  el pasado 22 de febrero por el Grupo de Menores de Granada.

Para acceder a la publicación : PINCHA AQUÍ

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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