Querido profesor, querido tutor…de resiliencia. Por Conchi Martínez Vázquez

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|Concepcion Martínez Vázquez Psicóloga Diplomada en Trauma infantil  y psicoterapia    sistémica por IFIV. Pro-fesora asociada Universitat de València.

 | resilenciainfantil.blogspot.com

 

12071272_sSi te pidiera que pensaras en las personas más importantes de tu vida, después de tus padres y/o cuidadores es muy probable que aparecieran en esa lista uno o más profesores/as de tu etapa escolar. Son, muchas veces sin saberlo, referentes y modelos a seguir que guían de una manera velada –y en ocasiones explícita-el devenir de actos y pensamientos de algunos/as de sus alumnos/as. Y no es que pretenda ensalzar porque sí la labor que hacen. Es algo indiscutible en toda época y contexto, incluso en la actualidad en la que su figura aparece muchas veces injustamente confundida o denostada.

Un maestro enseña, al igual que lo hacen los padres, pero no sólo enseña, educa, comparte, ofrece afecto y disponibilidad como parte de su quehacer. Si tan importantes son para cualquier niño o niña, muchos más aún para aquellos que no han tenido la fortuna de nacer en un contexto familiar tranquilo, proveedor de buenos tratos.

Los niños y niñas que han sufrido situaciones de abandono y han carecido de estimulación pueden presentar dificultades de aprendizaje y comportamiento como consecuencia de una desorganización neurológica, debido a la deprivación experimentada en la primera infancia. Es en estos casos donde la figura del profesor o de la maestra cobra especial importancia, ya que su sensibilidad, su capacidad para discernir situaciones e historias, le llevan acertadamente a elaborar  valoraciones no de resultados académicos, sino de procesos de vida, de comprensión de los déficits escolares como una parte más de la persona del niño o niña pero no la única ni la más importante. Cuando se convierten en tutores de resiliencia.

¿Qué son los tutores de resiliencia? Para Cyrulnik (2005) son “aquellas personas, instancias, grupos, un lugar, acontecimiento, una obra de arte que provoca un renacer del desarrollo psicológico tras el trauma, que para el herido son el punto de partida para intentar retomar o iniciar otro tipo de desarrollo; quien padece de un sufrimiento, tiene la posibilidad de encontrar en su contexto afectivo y social, tutores de resiliencia con quienes pueda lograr sentirse querido incondicionalmente, crecer y sobreponerse”.  Podemos hablar de tutores de resiliencia implícitos como una actividad, un interés o una afición, un libro o una película con la que puede darse una identificación que inspira o moldea ayudando a dar otro sentido a las cosas. Hans Christian Andersen después de una infancia de penuria económica y huérfano con 11 años por el alcoholismo de su padre se refugió en la escritura creando los famosos cuentos como El Patito feo, La Sirenita o El Soldadito de plomo, entre otros. Beethoven, de padre igualmente alcohólico y muy autoritario encontró en la música una forma de expresión maravillosa que le llevó a la cima del éxito.

resilenciatextoSin embargo, son los tutores de resiliencia explícitos, personas del entorno los que, en muchas ocasiones sin apenas hacer nada de forma consciente que no sea su interés, compromiso, aceptación y constancia, cobran un papel fundamental en la vida de niños y niñas con historia de abandono, negligencia o maltrato. Y los maestros y maestras son, en gran medida, personas privilegiadas que acceden al interior de estos niños y niñas constituyendo una especie de brazo articulado del apego, desde donde generar relaciones seguras y predecibles.

Unos buenos tratos por parte de los padres o cuidadores permiten la promoción de la resiliencia primaria. El desarrollo y el funcionamiento adecuado del cerebro y del sistema nervioso dependen de los cuidados y de los buenos tratos recibidos sobre todo antes de los 3 años. Si estos se dan es posible desarrollar un lenguaje autorregulador de sus emociones, el niño o la niña se sentirán seguros para explorar el entorno y aprender, podrán interiorizar normas, atribuir intenciones positivas a los comportamientos de los demás, experimentar la satisfacción interior de sentirse amados y valorados, podrán conectar con los sentimientos de los iguales, centrar su atención, tolerar mejor su frustración y por todo ello ser más autónomos. Pero si el entorno en el que crece un niño o niña, ya sea en los tres primeros años o posteriormente es negligente o maltratante, su sufrimiento será intenso y con gran repercusión sobre lo anteriormente comentado, registrándose el mismo en las “memorias traumáticas”. Estas memorias organizan sus comportamientos sobre todo aquellos que tiene que ver con la relación con los demás. Vienen a ser como la caja negra de los aviones, de manera que emociones, sensaciones, percepciones todas ellas con  fuerte componente de estrés y dolor emocional, no se podrán borrar nunca y harán que en ocasiones, cuando el estrés les domine, se gatillen presentando conductas inadecuadas como si de repente se abriera la Caja de Pandora.

Pero es importante no engañarnos. Un entorno anormal que no ha podido organizar el cerebro del niño le aboca  a comportarse, sentir y pensar de la única manera que han aprendido para garantizar su supervivencia….trasladándolo a otros contextos, como el escolar. Muchas veces en forma de conductas y actitudes como la mentira, la desconfianza, la agresividad, la desconexión. “Cuando un niño es maltratado constantemente sin que se le haya aislado de su entorno, sus amígdalas se disparan al menor acontecimiento. Sus lóbulos prefrontales, aunque bien desarrollados, ya no consiguen calmar un sistema nervioso constantemente alerta, para el cual el menor acontecimiento tiene el efecto de una agresión.” (Boris Cyulnik 2011).

Su conducta no es más que para protegerse. Los niños, como los adultos, se disocian cuando se sienten sobrepasados por el miedo o el dolor, o bien se sienten indefensos y no pueden escapar. Bloquean lo que está ocurriendo y lo que están sintiendo. La capacidad de disociarse es una función del cerebro que permite regular el estrés y el dolor provocados por las agresiones. Ciertas informaciones que llegan a la mente no se asocian o integran con otras, como sucede en condiciones normales.

Y un cerebro desorganizado es una mente desorganizada, con dificultades para alcanzar las competencias que el aprendizaje escolar requiere.  En lugar de ello, las respuestas  a la amenaza percibida pueden ser diversas y en diferente grado o intensidad, llevando a etiquetas y conclusiones erróneas: “es un vago, no trabaja, es un maleducado”…cuando en realidad es tan solo y no por ello poco importante un niño/o herido/a.

tutor 1Podríamos pensar a la luz de lo que venimos comentando que sería estupendo poder convertirse en tutores de resiliencia de manera voluntaria, hacer un curso que nos capacite para ello o incluso estar a la expectativa para acercarnos a algún niño o niña del que sepamos tenga una infancia de abandono o maltrato con el ánimo de poder investirnos en “SU” tutor de resiliencia. Nada más lejos de la realidad. La resiliencia, en sí misma, no es algo que se pueda planificar en su totalidad ya que, no existe una relación de causalidad directa. Podemos ser tutores de resiliencia sin haber realizado de forma consciente y voluntaria ninguna acción, y en otras ocasiones, como profesionales hemos invertido tiempo y dedicación exhaustivas en personas y familias que no podríamos denominar resilientes por grandes que fueran nuestros esfuerzos.

¿Y entonces qué es lo que es posible? Sin duda, la creación de contextos favorecedores de un clima de afecto, de la expresión de una aceptación incondicional del niño o niña por muy inadecuada que sea su conducta, de una relación auténtica, sincera, con límites y afectos de manera conjunta. Una mirada atenta, comprensiva, tiene el mismo valor que un alimento, es en sí alimento emocional que nutre la esfera afectiva. Una palabra de reconocimiento, un elogio, una asignación de tareas por ser responsable es lo mismo que un puente donde refugiarse bajo el intenso frío de la negligencia o el maltrato. Un profesor o profesora sensible, empático/a, comprensivo/a podría ser el siguiente tutor o tutora de resiliencia de un niño que sufre. ¿Te imaginas ser tú el/la elegido/a? ¿Te atreves a intentarlo a pesar de que nunca sepas lo importante que fuiste en la vida de un niño o una niña?

 

 

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