Quién es Caín, quién Abel. Por Iñigo Martínez de Mandojana

“Abel cría ovejas. A él le gusta cuidar los corderitos. Estos crecen y llegan a ser ovejas grandes

y pronto Abel tiene un rebaño entero de ovejas para atenderlo.

Caín se ocupa del cultivo de granos y frutas y vegetales. Un día Caín y Abel llevan un regalo a Dios.

Caín lleva alimento que ha cultivado. Y Abel lleva la mejor oveja que tiene.

A Jehová le agradan Abel y su regalo. Pero no le agradan Caín ni su regalo. 

No es porque el regalo de Abel sea mejor que el de su hermano.

Es porque Abel es bueno. Ama a Jehová y a su hermano. Pero Caín es malo, no ama a su hermano. 

Por eso Dios le dice a Caín que tiene que cambiar.”

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A los que estamos en el día a día con niños, niñas y adolescentes, seguramente nos habrá saltado el piloto automático al leer esta interpretación del pasaje bíblico del Génesis.

La historia se lleva repitiendo desde los comienzos del ser humano: el bueno y el malo.

Todos nos hemos quedado siempre con la imagen de un Caín envidioso, egoísta, asesino, pecador. Sin embargo, me sigue sorprendiendo cómo nadie se ha volcado en el sutil y despiadado trato hacia el primogénito por parte del supremo. Estamos ante el primer caso de maltrato emocional infantil/adolescente con el que hemos comulgado siglos y siglos. Esta historia de buenos y malos, como si de una cinta hollywoodiense se tratara, la vivimos cada día a través de la piel de muchos niños y niñas. A los cuales les dicen que no se portan bien, que están desmotivados, que son unos vagos o que son malas personas. Son acusados una y otra vez por el dedo que les tiene que pautar, guiar y comprender. Si estás leyendo estas líneas es probable que tengas a tu cargo un niño o niña con muchas capacidades, que se ilusiona con las cosas, al que has visto desplegar habilidades y un gran talento, pero que en determinados contextos no encaja o necesita de una atención y tratamiento específico. Quizás no son buenos criando ovejas, pero puede que sean unos/as artistas dibujando, bailando, habilidosos, creativos o con un humor exquisito. Sin embargo predomina la visión sesgada de que son envidiosos, agresivos o que son depredadores de la atención y cada vez ese rasgo se va comiendo cualquier atisbo apreciativo que puedan tener.

El pasaje bíblico se torna más desabrigado cuando Dios le insta a Caín a cambiar, pero éste no le hace caso porque está muy enojado. Vamos un clásico. “Con lo fácil que es hacerlas cosas bien”, “no ves que si te portas bien sólo obtienes beneficios”, “si respetas a tus compañeros/as tendrás más amigos”… y un sin fin de misivas que enviamos a estos chicos y chicas con nuestra mejor intención obviando el principio básico de la educación, que si algo no está funcionando tal vez el que tiene que cambiar es el adulto y su manera de acercarse y acompañarle.

Felipe es un preadolescente que ha sufrido un inicio de vida muy cruel. Fue criado por una abuela que no le quería tras la muerte de su madre, donde su hermano pequeño se llevó todas las atenciones y cuidados, mientras él los palos y los reproches. Os podéis imaginar la herida que un niño tiene que tener tras sentirse Caín, hiciera lo que hiciera. Hoy en su despertar biológico hacia la adolescencia está rabioso, enojado y malhumorado casi todo el día. En cuanto puede la paga con su hermano y muy pocas cosas le calman. Su padre siente mucha tristeza por él, porque sabe muy bien por lo que tuvo que pasar, pero sin embargo estas situaciones le sacan de quicio y sacan su peor lado. Nadie reconoce a Felipe su derecho a estar rabioso y todo el mundo le pide que cambie, que no se puede comportar así y que sólo pierde él. 

La culpa, la vergüenza, la rabia, la nostalgia, la frustración están presentes en su día a día y de manera inconsciente toman las riendas como en la peli de Inside out para humillar a su compañero, para romperle el lápiz, para escribir en el frontón del patio una obscenidad o interrumpir una y otra vez la clase. Y es una pescadilla que se muerde la cola, porque ese ajuste comportamental que hacen desde su dolor les trae más dolor, más inestabilidad, más desprecio. Y es curioso, porque uno de los factores más importantes para poder resiliar, para poder reparar ese daño en palabras de Boris Cyrulnik es la presencia de alguien externo en el que apoyarnos. En realidad yo añadiría que no es tan importante tener apoyos externos como saber que los tienes. Saber que tienes un puerto seguro. Por eso es tan vital que estos chicos y chicas sientan la sensibilidad de un adulto, como la sintió Abel cuando llevó el cordero. Esa experiencia es transformadora y seguramente tú misma la hayas vivido en tus propias carnes con otras personas adultas.

Así pues, nos encontramos ante la necesidad de presentarnos como una figura más fuerte, más sabia y más amable independientemente de los comportamientos inmediatos que desplieguen. Una presencia consciente que como dice Pepa Horno siempre está escaneando cualquier detalle y que percibe entre líneas. Sé que somos más sensibles a los traumas de los niños y niñas cuando ponemos nombre y apellidos a esa fuente de dolor y les contamos que Iñaki no duerme por las noches porque sus progenitores se pelean como en la Guerra de los Rose, o que Mélani sufrió abusos por parte de su padre, o que lo más seguro y estable que tiene Juanjo en su vida es su ps4. En estos casos podemos dotar de algo de significado a sus acciones o comportamientos, pero el gran problema es que la mayoría de las veces no sabremos esas historias. Por eso tenemos el reto de ser portadores e intentar contagiar esa mirada comprensiva a otros adultos que van a acoger a esos niños, niñas y adolescentes más allá de sus conductas.

El modelo comprensivo que como padres, madres o criadores terapéuticos tenemos que interiorizar y socializar, parte de la necesidad de ver esas conductas como un ajuste creativo (término que he escuchado a Lola Pavón) que lanza el niño y niña interior para protegerse. Es en ese momento cuando podemos sospechar que algo no va bien y que nuestras alarmas tienen que desplegarse para buscar un para qué.

No conozco a Asier, es compañero de mi hijo, pero tiene el rechazo y el miedo de muchos de los niños y niñas de la Ikastola desde infantil. Las historias que circulan en las bocas de los padres y madres en el patio son las de un niño que humilla, agrede, desprecia… Mi hijo también lo ha pasado mal y nosotros con él pero, ¿qué habrá detrás de toda esa fachada y esas historias? Yo creo que sufrimiento, mucha frustración y una manera de sobrevivir. El colegio es un examen continuo para muchos niños y niñas a nivel de competencias no sólo académicas sino también relacionales, emocionales e incluso físicas. Lo que para muchos es un placer y algo espontáneo para otros es un gasto de energía intrapsíquica brutal que muchas veces no tienen o no es suficiente, por lo que hay que activar otros recursos de supervivencia que te permitan compensar ese déficit. Indagando un poco más en la historia de Asier, vemos que se ha rodeado de otros niños con dificultades de relación a los que literalmente domina y tiene como súbditos porque ellos sienten que es mejor estar en ese puesto que en el de blanco fácil. Cualquier movimiento que sienta Asier de abandono de su grupo le irrita y lo censura. Creo que son muchas pistas y muy reveladoras.

Así pues, no perdamos de vista quién es Caín y quién Abel, quién es la víctima y quién el agresor, quién es el bueno y quién el malo. Muchas veces hacemos el juicio demasiado rápido y defenestramos el trabajo de Caín porque nos incomoda cómo es.

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