La vida previa del menor: la vida en el orfanato. Por Vinyet Mirabent

La vida de un orfanato puede parecer una vida llena de compañerismo y compartir el grupo, pero en realidad está llena de soledad, porque los menores no saben relacionarse. Todo menor aprende a relacionarse, a interaccionar con el otro, a medida que va teniendo la experiencia repetida de ser cuidado, atendido y respetado primero por el adulto referente. Éste debe transmitir estabilidad y contención a sus primeras necesidades. El menor que no sabe compartir o no sabe jugar es aquel que nunca ha tenido nada propio, nada que sienta que le pertenezca tan sólo él y que puede, por tanto, dejarlo o compartirlo. Un niño difícilmente podrá cuidar y respetar a otra persona si previamente él no lo ha vivido. Aprendemos a querer a partir del amor de quienes nos han cuidado, y en un orfanato es difícil que esta experiencia se de de forma completa.

Generalmente, aparecen sentimientos de inseguridad debido a la falta de contención o apoyo emocional. Sus emociones o necesidades, como pueden ser el sentimiento de miedo, de tristeza, de dolor, la necesidad de afecto y de consuelo, han de ser necesariamente contenidas por sí mismos porque posiblemente hay pocas cuidadoras que pueden atenderles individualmente. Así, el niño aprenderá a soportar solo sus ansiedades y sus distintas emociones de manera muy precoz, como una forma de supervivencia. Ha tenido una gran carencia de contacto físico, tan imprescindible para sentir, a través del gesto y las caricias, que se es valuoso y queríble. Le ha faltado la paciencia del adulto cuando se ha sentido nervioso o enfadado, unos límites coherentes y adecuados a su edad y el respeto por su propio ritmo evolutivo. En definitiva, la carencia de una figura parental que sea suficientemente significativa para poder crecer y socializarse adecuadamente.

Estamos hablando de niños con intensos sentimientos de soledad que les llevan a establecer conductas de auto consuelo y aislamiento expresadas, con frecuencia, a través del movimiento corporal rítmico y estereotipado que pueden remitir fácilmente, a medida que van recibiendo el trato cálido y diferenciado de sus padres.

Muchos menores en adopción han aprendido a vivir para sobrevivir. Como decíamos, en los orfanatos, sobre todo en los más grandes, hay unas normas de funcionamiento que el niño tiene incorporadas: aprende a “portarse bien”, a no llorar ni pedir ayuda, porque sabe que no encontrará respuesta o que puede recibir un castigo. Posiblemente, en los orfanatos castigan y riñen porque no pueden hacerlo de otra forma con la cantidad de menores para entender y organizar.

Muchos han aprendido a dormir solos soportando el miedo a la oscuridad o a la soledad, porque nadie los ha acompañado o tranquilizado para conciliar el sueño. Quizá se abrazan al compañero de al lado o se acunan balanceándose a sí mismos como una forma de auto consuelo. Duermen muy bien y por la mañana, cuando se despiertan, no reclaman a nadie y se esperan en la cama a que le vengan a buscar sin decir nada. Otros se mueven muchísimo mientras duermen, a veces con balanceos suaves, otras veces con movimientos muy bruscos.
Hemos visto muchos niños que al llegar a la familia, durante los primeros meses no lloran nunca, aunque se hagan daño o se encuentren mal. Muchos menores llegan habiendo aprendido a comer solos de manera muy prematura, ya sea con el biberón cuando son bebés o ya sea con la cuchara cuando tienen tan sólo un año.
Con el control de los esfínteres pasa algo parecido. Han aprendido precozmente a controlar los esfínteres desde pequeños, estén preparados o no psíquica o físicamente. Conviene hacer la reflexión de que el coste de los pañales es muy elevado y la atención y cuidados higiénicos que requiere un bebé comportaría demasiado personal: probablemente en el país de origen no se lo pueden permitir. Muchos niños han pasado horas sentados en el original desde muy pequeños (a veces, antes incluso de cumplir el primer año de vida). Los bebés han estado mucho tiempo tumbados en la cuna sin llorar ni reclamar, sin ser estimulados a gatear o explorar el entorno. Por lo tanto, muchos niños han tenido que adquirir una autonomía de manera precoz y llegan a la familia presentando unos hábitos que no les corresponden por la edad y vivencias que han tenido. Es una autonomía que ha sido adquirida de manera forzada, sin respetar su ritmo evolutivo personal y sin tener al lado la figura del adulto que le ayude a vivir los nuevos aprendizajes con seguridad.
Las carencias afectivas del menor adoptado vienen dadas por las múltiples manos que lo han atendido, por la uniformalización en el trato, poco individualizado, por no haber estado en la mente de nadie que lo capte y lo conozca, que le intuya y comprenda sus necesidades de forma suficientemente completa y contenedora. Porque quizá no ha podido empatizar con ningún adulto cuidador y nadie ha podido prestar suficiente atención a su realidad.

Los efectos de estas carencias en el desarrollo psíquico del menor pueden ser diversos: retraso en el desarrollo psicomotor (poca tonicidad muscular, que provoca que todavía no puedan estar sentados o no caminen cuando ya tienen la edad adecuada, que no conozcan las partes de su cuerpo y el esquema corporal, que tengan la motricidad gruesa y fina poco desarrollada). También puede provocar un retraso en la comunicación y el lenguaje. Con frecuencia vemos un nivel de comunicación y de intercambio con el adulto bastante por debajo de la normalidad, acompañado de una actitud pasiva y una falta de interés por el otro. Tienden al establecimiento de relaciones indiferenciadas: el adulto es aquel que le da algo o que le puede cuidar; por tanto, se va con cualquiera. O bien un trato más distante y desconfiado, porque piensa que del adulto no se puede esperar nada bueno. A menudo los menores aparentan estar socializados, pero lo que realmente están es “adiestrados”. En niños más mayores, la carencia les puede provocar también algunos trastornos del carácter.
Tal como dice Eva Giberti, aparte los retrasos en el desarrollo, el paso por el orfanato ha llevado a que el niño sea “desconfiado precisamente en aquello que los padres esperan darle: el afecto y la preocupación personalizada. Han pasado por situaciones dolorosas que lo llevan a desconfiar del adulto. Es fácil entonces que el niño sea muy dócil, hostil o distante”.


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