Los alfareros de las emociones en niños dañados: adultos artesanos. Charo Blanco

El hecho de que los bebés humanos nacen con un cerebro inmaduro es algo tan extendido y tan aceptado que a estas alturas no hay necesidad de explicar. Lo que sí merece especial atención por su relevancia y consecuencias posteriores, es precisamente, que  esta inmadurez  determina la extrema dependencia de los bebés a la calidad, cantidad y permanencia de los cuidados y la protección de los adultos, en particular sus progenitores. Y a partir de aquí quiero iniciar mi artículo producto de algunas reflexiones, pero sobre todo de mi práctica profesional con menores adoptados, acogidos o aún institucionalizados en centros de protección.

Un libro que leo y releo con frecuencia y que por supuesto recomiendo a todos los padres, adoptivos o no, es “El cerebro del niño” de Daniel J. Siegel, pero de entre sus magníficas palabras destaco una frase de las primeras del libro que dice algo así como que todos los padres deseamos que nuestros hijos….

  • disfruten de relaciones plenas
  • que sean afectuosos y compasivos
  • que sean responsables y trabajadores
  • que tengan una buena autoestima, es decir que se sientan bien consigo mismos y todo esto él lo resume en …
  • Que sean capaces de SOBREVIVIR.

Se supone que los padres o tutores de los menores, debemos contribuir a que ellos alcancen todos esos objetivos a los que se refiere Siegel, pero resulta que cuando hablamos de niños que han sufrido adversidad temprana en el seno de su familia biológica, ellos ya han atravesado ese duro proceso de “sobrevivir” digamos que han empezado la casa por el tejado, a su corta edad,  luego hay que comenzar con ellos un proceso inverso de restaurar lo que se ha menoscabado, para poder hacer que ellos disfruten de relaciones plenas, sean afectuosos, sean capaces de crear vínculos sanos, tengan una buena autoestima etc, etc, etc.  Es decir desaprender lo aprendido en muchos aspectos de su desarrollo que le dificultan las relaciones y que hace que su adaptación sea más lenta y difícil que en niños que no se vieron obligados a sobrevivir.

¿Cómo se hace esto? ¿ Cómo terminar de construir un edificio cuyos cimientos no se construyeron con los materiales adecuados?

No parece fácil la respuesta a estas preguntas. Así que me permito una primera reflexión para empezar a construir ese edificio, y se trata nada menos que de no interpretar las conductas de los menores como si fueran adultos. Este es un error común entre padres y profesores, creer que los niños cuentan con las mismas capacidades y recursos que nosotros los adultos y por ende, cuando no observamos la respuesta adecuada en ellos, lo interpretamos como una provocación o un ataque directo hacia nuestra autoridad o hacia el rol que nos toca ejercer en cada momento.

La conducta de los niños es algo que preocupa quizás en exceso, sin olvidar el aprendizaje y el rendimiento escolar. No voy a ser yo quien diga que la conducta de un niño no deba ser un objetivo prioritario en su desarrollo, sólo digo que  a veces las circunstancias de adversidad de estos menores, nos obligan a adecuar ese objetivo y la forma de conseguirlo, a cambiar estrategias y a tener mucha pero que mucha paciencia y sobre todo a comprender que algunos objetivos con los menores que han sufrido adversidad temprana, tardarán un poco más en conseguirse. No  olvidemos que los cimientos estaban dañados.

En el cerebro del niño hay una serie de registros que se grabaron de manera muy temprana, en su disco duro y en situaciones donde les tocó activar sus sistemas de defensa ( el cerebro reptiliano). Teniendo en cuenta que el cerebro del niño cuando se encuentra en un contexto de protección, no es capaz de asimilar de “ manera inmediata” que algo ha cambiado, es fácil entender que el niño sigue esperando que lo mismo que vivió siga ocurriendo, en cualquier lugar y con cualquier persona, por eso sigue poniendo en práctica los sistemas de defensa que aprendió cuando se encontraba en esa situación de desprotección.

Esto lo explica magistralmente Ford (2009) cuando dice que el trauma psicológico temprano interfiere en el desarrollo y provoca un cambio de un cerebro “focalizado en aprender” a un cerebro “focalizado en sobrevivir”.

El primero de ellos, es decir el cerebro preparado para aprender se involucra e interesa por la exploración. No olvidemos que sobre la base de un apego seguro el niño, desde muy pequeño, se lanza a explorar el contexto que le rodea. La cualidad segura y predecible de una interacción primaria de calidad, permite al niño desarrollar una expectativa positiva acerca de las relaciones interpersonales y les propiciará su deseo de buscar compañía y pedir ayuda. Esto proporciona una base emocional fuerte que dotará de cimientos sólidos para la modulación emocional y el control de impulsos, pero sobre todo al desarrollo de reglas de reciprocidad y de la “ empatía”, algo de lo que adolecen los menores dañados.

Y de manera contraria ante la ausencia de un apego seguro, el niño mostrará miedo ante todo lo nuevo o desconocido, puesto que su experiencia le dice que el peligro puede llegar en cualquier momento y por parte de esos adultos que se supone que deben protegerle. El cerebro que sobrevive activa los sistemas de alarma casi de manera permanente y lo que busca es prevenir o protegerse del daño causado por peligros potenciales o reales, se ve impulsado por la identificación de amenazas y mantiene esos ajustes defensivos permanentemente activados. Un ejemplo de ello es el niño que  ante el gesto de acercamiento de un adulto, se tapa la cara con los brazos o evita el contacto físico, porque aprendió desde pequeño que ese acercamiento iba acompañado de un golpe, por tanto ahora debe desaprender lo que ha interiorizado de manera profunda y aprender que quizás tras ese acercamiento llegue un abrazo o un gesto de apoyo.

Ahora podemos explicar porqué con frecuencia estas conductas defensivas, son motivo de preocupación de muchos padres y/o tutores cuando manifiestan que los niños mienten, roban, agreden, se muestran hostiles, excesivamente desapegados e indiferentes ante lo que pasa a su alrededor y un largo etc que ponen de manifiesto, que ese “ cerebro adiestrado para sobrevivir” no se puede resetear a la velocidad  en la que a los adultos les gustaría. Pero simplemente con que los adultos responsables de estos niños dañados entiendan esto, ya les concederán el tiempo necesario para ese nuevo aprendizaje, en definitiva para que los cimientos se vayan fortaleciendo.

Algo que resulta tremendamente significativo es que todos los desajustes o dificultades importantes y que más preocupan de estos menores con historias de adversidad,  se manifiestan en los “intercambios interpersonales” en el seno de las relaciones con los demás ¿ Por qué? Simplemente porque  los eventos traumáticos a los que fueron expuestos se produjeron también en este contexto relacional. Por tanto es aquí donde permanecen encendidas todas sus alarmas.

Sólo “una comunicación emocional” que sea proporcionada por algún adulto, va a ser lo que le permitirá al niño compartir y amplificar las emociones positivas, así como compartir y calmar las emociones negativas, de esta manera aprenderá que su mundo emocional interno es controlable, porque va adquiriendo capacidades de “auto regulación”. Cuando somos capaces de controlar nuestras emociones y de poder ponerle nombre a lo que sentimos en cada momento, seremos capaces de propiciar siempre una respuesta adecuada al contexto y a la situación que nos rodea. Esta falla en la capacidad de autocontrol podemos considerarla como los cimientos de un edificio que se tambalea, puesto que el control emocional y conductual que van de  la mano, son la base fundamental de ese “sistema” que es el niño como un ser relacional.

Cuando trabajo con adolescentes  a veces es difícil no tener muy presentes las dificultades con el apego que suelen presentar. En artículos anteriores ya me referí a la Teoría del apego y a los trastornos del apego y su clasificación basados en dicha teoría. Por tanto hoy no voy a hacer más hincapié en este tema. Pero repito, me resulta llamativo a veces “ el desapego” con el que ciertos adolescentes relatan ciertos aspectos de su vida que tienen que ver con las relaciones interpersonales y ¿ por qué no decirlo? con los afectos. Me refiero a desapego como una forma de describir lo que bien  podría llamarse “ausencia de afecto” y paso a explicarlo.

A veces con más frecuencia de la que me gustaría, me encuentro con historias terribles de vida, de esas que te ponen la piel de gallina por más que estés acostumbrada a oírlas, se me vienen muchas a la cabeza y muchas de ellas empiezan con frases parecidas, un chico de 13 años que fue adoptado con 6 en Etiopía ……”recuerdo el día en que mi padre me llevaba de la mano al orfanato de Adis Abeba porque al morir  mi madre él ya no podía cuidar de mí y de mis hermanos, así que en esa escuela yo aprendería a leer y escribir y comería todos los días, pero  mis hermanos mayores se quedaron con él”… otra chica de 18 años adoptada en la India con 9 años….“Yo me crié en el orfanato y no tengo recuerdos de familia, nunca eché de menos salir de allí, porque lo que podía ver desde la verja eran pobres y personas que sufrían, por lo menos allí nos daban de comer”… y un chico con 12 años adoptado con 7 en Kazajistán…” de mi familia recuerdo cuando mi padre se emborrachaba y pegaba a todos y rompía cosas, después venía la policía y se lo llevaba esposado”… Y así podría seguir esgrimiendo estrofas de infancias muy duras que harían estremecerse a cualquiera, a mí la primera, si no creyera  que puedo hacer algo por ellos y simplemente con escuchar sus relatos, ya me parece y deseo que se sientan aliviados.

Pero si traigo hoy aquí estos fragmentos de sus historias es para describir la sensación que a veces me abruma. Y me abrumo todavía por la frialdad y la distancia con la que se refieren a todo aquello que les ocurrió. Yo entiendo y sé que forma parte de ese abanico de recursos y estrategias que tuvieron que desarrollar para sobrevivir, pero me sigue conmoviendo esa aparente indiferencia con la que relatan a veces sin escatimar en detalles, todo aquello horrible que les tocó vivir. A veces los padres me dicen que de pequeños han sido algo  más cariñosos y se mostraban más receptivos  a las muestras de afecto,  pero al llegar a la pre-adolescencia( cada vez antes y dependiendo de cada niño, en torno a los 11-12 años) se muestran indiferentes, yo les llamo como “ anestesiados emocionalmente” y parece que todo les diera igual.

Algunos de ellos que ya manifestaban dificultades para relacionarse con su grupo de iguales, ahora ya parece que ni lo intentan, de los estudios mejor ni hablar, de su ausencia de dolor físico cuando les agreden o se autoagreden, de su inseguridad y baja autoestima, ¡¡pufff!!! Y sus respuestas desproporcionadas son una constante. Y cuando los tienes frente a ti y te cuentan su historia, después de la ardua tarea de ganarte  esa confianza que hace tiempo perdieron en el género humano, entiendes que esa “ ausencia de afecto” tiene que ver con una desregulación afectiva propia de algunos adolescentes, pero muy intensa en estos chicos, ya que ellos se manejan entre dos polos: sentir demasiado y que cualquier cosa les afecte en exceso hasta el punto de que su mundo se les venga abajo por algo intrascendente o no sentir nada como si  hace tiempo, cuando ocurrieron aquellos terribles episodios en su vida, hubieran perdido toda capacidad de sentir. Vuelvo a tener conciencia de que los cimientos de ese edificio  estaban dañados.

Por eso cuando desarrollan el relato  de cosas que deberían ir acompañadas de afecto, me encuentro con un relato carente de emociones o acompañado de emociones que no se corresponden con la situación que describen. Todavía recuerdo a una chica adoptada en Rusia con  5 años y que llegó a mi consulta con 13 años por episodios de bullying continuados en su colegio e instituto, acompañados de crisis violentas por su parte,  me contaba que hacía un mes había fallecido su tía materna que había cuidado de ella desde que llegó y por la que se suponía debía sentir algo. Lo contaba con una sonrisa en sus labios y al preguntarle cómo se sentía ella tras esta pérdida, se limitó a responderme que “ bueno un poco mal pero así es la vida, todos los adultos se mueren, espero que cuando mueran mis padres, quede algún familiar que cuide de mí”…

Mencionar aquí que todos estos niños vivieron  en ambientes desestructurados donde no se  les dotó de ningún tipo de “aprendizaje emocional” y ni siquiera conocen las palabras para identificar sus estados emocionales, en la mayoría de los casos pasan del blanco al negro, sin grises ni matices: se sienten bien o se sienten mal y punto. Pero no debemos confundir  la ausencia de afecto con la incapacidad de reconocerlo o identificarlo porque no es que no sientan, es que no saben ponerle palabras.

Por eso para terminar quiero referirme a esos alfareros que dan nombre a  este artículo, que son los padres adoptivos, acogedores, tutores y demás responsables de construir ese edificio que ya llegó a sus vidas con los cimientos  iniciados,  y que el resultado de ello sea  un adulto lo más sano posible. De repente se me vino a la mente la imagen de un alfarero delante de su torno con la mejor de las arcillas y da vueltas y vueltas y vueltas y a veces la arcilla se cae y no sale a la primera lo que había imaginado y entonces se levanta y lo mira desde otro ángulo de su taller de alfarería y vuelve a sentarse y a darle vueltas y más vueltas y a intentar mantener erguida esa figura que está imaginando y con la que lleva mucho tiempo soñando. Y se le vuelve a caer una parte de ella y pierde la paciencia y duda si será capaz y si la arcilla es buena o ya traía algunos poros que no cerrarán nunca ni se fortalecerán en el horno. Pero sigue y sigue dando vueltas al torno porque en el fondo confía en que la arcilla  merece ese trabajo y es de calidad y en que él es el mejor de los alfareros. Mientras sigue dando vueltas a la arcilla entre sus manos, sueña con su obra terminada y sabe del esfuerzo que le llevará, pero merecerá la pena. Así será.

Charo Blanco. Directora del Centro Concilia.